Editorial & Opinion

Antes del fin

Benjamín Cuéllar / Defensor de Derechos Humanos

martes 30, junio 2020 - 12:00 am

Este 21 de junio recordé el 109º aniversario del natalicio de Ernesto Sábato, genial y universal argentino que dejó la física por las letras y la pintura. Sabia decisión, por fortuna, desde cualquier perspectiva. Por ello, releí algunas entrevistas que atendió, de las que retomé algunos de sus brillantes pasajes. La que Roberto Mero le hizo en 1984 para la revista “Caras y Caretas”, me tentó y eché mano de la primera parte de la primera respuesta: “La condición previa fundamental para la existencia de una gran democracia o de una democracia, simplemente de una democracia, es la verdad y justicia. Y acá necesitamos y exigimos verdad y justicia para todas las atrocidades cometidas”.

Nada más atinado para ser citado ahora que nuestra sociedad ‒más bien la porción de esta que se interesa en esto‒ observa cómo un coronel salvadoreño en situación de retiro ocupa el banquillo de los acusados en España, porque acá las atrofiadas instituciones de “justicia” sigue siendo pusilánimes y por tanto incapaces de tocar lo intocable a pesar de los pesares; entiéndase por “pesares” los “acuerdos de paz”, las “elecciones”, las “reingenierías”, las “asesorías”, las “consultorías” y demás banalidades formales manipulables en favor de los “sacrosantos” poderes.

Nada más atinado para ser citado ahora que, igual, esa parte de nuestra sociedad sabe que Casa Presidencial negó la existencia de unos archivos militares: los  requeridos para esclarecer hechos e impartir justicia reclamada por las víctimas de una de las mayores atrocidades ocurridas en América Latina. Así, el juez del caso de la masacre en El Mozote no cuenta con esos necesarísimos insumos. Ello, pese a que Nayib Bukele ordenó ‒el día que se convirtió en comandante general de la Fuerza Armada de El Salvador‒ “retirar de inmediato el nombre del Coronel Domingo Monterrosa, del Cuartel de la Tercera Brigada de Infantería, en San Miguel”. Este militar fallecido en la guerra es acusado de ser, en el terreno, el principal responsable de dicha matanza.

publicidad

Julio Rivera es sobreviviente de otra atrocidad que a mediados de este mayo cumplió cuatro décadas: la del rio Sumpul. Hace once años exigió “al Gobierno de turno, al que viene y a los que vendrán, una verdadera investigación; no amañada o coyuntural, sino una que establezca la justicia y la verdad [...] Que se reconozca lo que ha sucedido, dándole el valor y la importancia que las víctimas tienen; que haya una reparación y que los autores intelectuales y materiales pidan perdón, para que haya una efectiva reconciliación”. Pero ni a Julio ni a las víctimas de la sangrienta intervención militar de la Universidad del Salvador, que cumplió también cuatro décadas de realizada este 26 de junio‒ y ni al resto de víctimas de la barbarie salvadoreña les han cumplido. Gobiernos van y vienen, sin que la impunidad superen.

El autor de “El túnel”, su aplaudida novela corta, reclamó verdad y justicia también “para los delitos económicos y financieros” que tenían sumida a su patria “en el desastre económico”. Y reiteró que los autores de los delitos debían “ser juzgados y castigados, en caso de ser declarados culpables [...] tanto para los asesinatos como para la delincuencia material, que ahogó al país en una miseria que paga sobre todo la pobre gente”.


Por ser siempre vigente, recuerdo siempre la atinada frase de Gloria Giralt de García Prieto: “El que mata y queda impune, vuelve a matar”. Eso lo aprendió desde su doble tragedia: la de la ejecución de su hijo a plena luz del día a manos de un escuadrón de la muerte, hace 26 años, y la de un sistema de “justicia” protector de sus asesinos intelectuales. También quienes nos roban y defraudan mediante la corrupción y el nepotismo, querida Gloria; al no haber castigo, la historia se sigue repitiendo. Lo vimos antes y lo seguimos viendo.

En medio de la tinieblas virulentas y el desaliento inmovilizador que, presentes o latentes, invaden nuestra sociedad y nuestras vidas luego de tantas laceraciones y frustraciones del tamaño del infierno ‒dictadura y represión, violencia política de diverso signo, guerra, hambre y sangre en la posguerra, “recuerdos” de paz, charlatanería electorera y demás‒ leamos el final de “Antes del fin”. Esta “especie de testamento”, así lo llamó su autor, llama a soñar y a no dejar caer la esperanza.

“En tiempos oscuros ‒acabó Sábato, retando a la juventud‒ nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte: ‘Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra’. Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia, nos recuerdan que el hombre solo cabe en la utopía. Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.

 

 





RECOMENDACIÓN DE LA REDACCIÓN



Opine y Comente

Diario El Mundo abre este espacio de opiniones para que se pueda debatir, construir ideas y fomentar la reflexión. Por eso, pedimos que se evite hacer uso de ataques ofensivos, que incluyan malas palabras, de lo contrario nos reservamos el derecho de publicación.

Recuerde que este es un medio que está para generar opinión constructiva.