Benjamín Cuéllar Defensor de Derechos Humanos 

Antípodas de justicia Esa barbaridad reciente de una “jurisprudencia” carroñera, evidencia de lo podrido que continúa siendo el sistema de injusticia…

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Lo opuesto, la antítesis, todo lo contrario… Eso puede decirse sobre lo ocurrido en España y El Salvador con la masacre en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) ejecutada hace 31 años, cuando asesinaron de la manera más  bestial a una adolescente, su madre y seis sacerdotes jesuitas. El objetivo era Ignacio Ellacuría, rector de esa casa de estudios; el resto fueron “daños colaterales”, pues la orden era aniquilarlo a él sin dejar testigos.

Pasadas tres décadas de semejante atrocidad y a dos meses de un nuevo aniversario de sucedida, la Audiencia Nacional española condenó presencialmente a un autor imprescindible por ser de los que la ordenaron; ejemplarmente, a distancia, también a sus cómplices castrenses de alto rango. Mientras tanto acá, pese al paso del tiempo y los acuerdos que terminaron la guerra, los politicastros y los poderes ocultos tras estos no dejan que cambie en su esencia la Fuerza Armada de El Salvador (FAES). ¿Por? Porque pretenden tenerla y mantenerla a su disposición y servicio.

Así pues, no permiten siquiera que se escarbe en su pasado tenebroso quizás porque la proyectan para ser como antes, sostén de regímenes antidemocráticos, autoritarios y represivos. Por ello hay que conservarla “sin manchas”, cuando lo correcto sería que desapareciera igual que en Costa Rica hace 72 años.

En ese marco, el 8 de septiembre recién pasado dos magistrados de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia: José Roberto Argueta y Manuel Bolaños Sandoval declararon la nulidad absoluta de una decisión del Juez Tercero de Paz de San Salvador, quien invalidó una sentencia inconstitucional e ilegal mediante la cual hace veinte años la titular de dicho tribunal sobreseyó definitivamente a seis de “señores de la guerra” y a quien fuera su comandante general: Alfredo Cristiani. Esa barbaridad reciente de una “jurisprudencia” carroñera, evidencia de lo podrido que continúa siendo el sistema de injusticia salvadoreño, fue emitida tres días antes de la condena de Inocente Montano en España como muestra clara de unas innegables antípodas.

Quien se salva en esta lamentable historia es el magistrado Leonardo Ramírez Murcia. Él no compartió ese absurdo “no solo en los fundamentos sino también, en el sentido que se le da a la sentencia”. La salvajada en cuestión, sostiene, “formó parte de una política de represión y exterminio a ciertos sectores de la población civil”.

“La masacre de la UCA, razonó, no puede amnistiarse por ser contrario [sic] a las reglas básicas del derecho internacional humanitario y de los Derechos Humanos, por constituir un crimen de lesa humanidad. Por lo que, además de no ser amnistiable, es imprescriptible, […] y por qué [sic], con la resolución de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, […] de fecha 13 de julio de 2016, que declaró inconstitucional la Ley de Amnistía, que impedía la investigación de estos hechos, ya no existe tal impedimento”. Por ello, Ramírez Murcia consideró que los recursos presentados por algunos  militares violadores de derechos humanos en este caso, eran inadmisibles.

¿Hay forma de revertir tan impúdica falla contenida en ese impresentable fallo? Sí. La UCA puede hacerlo con todos los medios que cuenta, dentro y fuera del país. La comunidad internacional respetuosa de los derechos humanos aplaudió la sentencia condenatoria de Montano en España, a cuya jurisdicción universal se acudió con ese objetivo central: lograrla para presionar a las instituciones salvadoreñas, a fin de comenzar a revertir la impunidad en este y tantos hechos más. Debe hacerse con desbordante pasión y creativa imaginación.

Sola Sierra Henríquez, luchadora chilena en la causa de las personas desaparecidas por la dictadura pinochetista, decía con convicción y certeza que la imaginación era privilegio de las víctimas. Según ella argumentaba con buen juicio y experiencia, “el paciente inglés” -así apodaron en su país al dictador- no la tenía y por ello nunca siquiera sospechó que eso ocurriría. Mal habidos, poseía poder y dinero; pero carecía de la imaginación que sobraba entre sus víctimas, quienes hicieron todo los que se les ocurrió para conseguir lo que consiguieron.

Ojalá el esfuerzo iniciado y culminado en España, sirva de algo para cambiar la vergüenza internacional que sigue siendo el sistema de injusticia nacional.