Editorial & Opinion

Camino al Sumpul

Benjamín Cuéllar / Defensor de Derechos Humanos

jueves 21, mayo 2020 - 12:00 am

Hace cuatro décadas exactas, el 14 de mayo de 1980, tropas gubernamentales y los eufemísticamente llamados “cuerpos de seguridad” junto con miembros de grupos paramilitares llevaron a cabo lo que ‒más de un año después‒ el Socorro Jurídico del Arzobispado de San Salvador calificó como el hecho que marcó “el inicio de operaciones sistemáticas de exterminio colectivo”. Transcurrido un mes y días el obispo de Santa Rosa de Copán, Honduras, junto con el clero de su diócesis emitió un comunicado en el cual se relataban las atrocidades ocurridas.

“A las 6 am., ‒transcribo de forma literal una parte del mismo‒ se inició el operativo militar. El Ejército y Guardia salvadoreños comienzan a perseguir masivamente a campesinos residentes en las poblaciones ubicadas al norte del departamento de Chalatenango (80 kilómetros al norte de la capital). Cientos de campesinos, junto a sus familias se refugian en las riberas del río ‘Sumpul’. Dos helicópteros de la Fuerza Aérea Salvadoreña equipados con ametralladoras automáticas, soldados y agentes de la guardia salvadoreña disparan contra los campesinos refugiados en el río”.

Y continuaba: “Mujeres torturadas antes del tiro de gracia, niños de pecho lanzados al aire para hacer blanco fueron algunas de las horribles escenas de esta matanza criminal. Los campesinos salvadoreños que pasaban el río eran devueltos por los soldados hondureños a la zona de la masacre. Al caer la tarde cesó el genocidio dejando un saldo mínimo de 600 cadáveres”. Así comenzó a ejecutarse de hecho en nuestro país la estrategia estadounidense de “tierra arrasada”, todavía durante la administración Carter; su sucesor, Ronald Reagan, la impulsó de manera oficial y descarada.

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¿Cómo se llegó a tener como escenario de fondo ese río sangre? Por la avaricia y el egoísmo de quienes teniéndolo todo querían tener más, sin importarles que las mayorías populares oprimidas para su beneficio egoísta aspiraran legítimamente el disfrute una vida digna. Cuando en enero de 1932 estas se alzaron desesperadas por el hambre que laceraba su existencia, fueron terriblemente reprimidas. Y luego luego, en julio de ese año, las víctimas y sus familias fueron despreciadas al aprobarse una ilegítima y despreciable amnistía, para premiar a sus victimarios. Por eso también, parafraseando a Roque, en esta tierra se fue forjando un triste charco de luto pues la impunidad le abrió paso a otra barbarie.

Más allá y muy por encima de la famosa y publicitada laboriosidad de nuestro pueblo ‒“los hácelo todo, los véndelo todo”‒ así como de su admirable estoicismo ‒“los cómelo todo”‒ estaba la voracidad de sus verdugos que tenían a su servicio instituciones fantoches, llenas de títeres que con la cabeza gacha y la mano estirada recibían de estos los billetes por los cuales vendían su enjuto “honor”.


Por eso a El Salvador había que “darle un poco de machete, lija, torno, aguarrás, penicilina, baños de asiento, besos, pólvora…”, ¿verdad poeta? Y se le dieron hasta el extremo de llegar a ser el tablado en donde se desarrolló la confrontación armada interna más prolongada y cruenta en la región, sobre todo a partir de 1983. Al final, tras tanto sacrificio y dolor de pueblo, los “enemigos” negociaron y pactaron “su paz”; pero en ambos bandos hubo quienes, además, en ese nuevo entorno, se aprovecharon a cual más. Así pues, ya sea en la guerra o en la posguerra, los “redentores” decepcionaron a unas mayorías populares que terminaron hastiadas.

Sin embargo hubo población que acudió al llamado de las urnas de nuevo, encantada por nuevos cantos de sirena. En total, el candidato que triunfador lo fue con el apoyo del 25 % del padrón electoral oficial; el resto de los partidos contendientes sumaron un 22 % del mismo. El resto fueron votos impugnados, nulos, faltantes y sobrantes, así como abstenciones y papeletas inutilizadas: 3 038 808 en total, lo cual se traduce en el 54 % de todo el electorado empadronado.

Con esos datos y a menos de un año de haber asumido el cargo que hoy ostenta, Nayib Bukele ha sido denunciado en la Sala de lo Constitucional y ha desacatado lo resuelto por esta. Eso es muy delicado. Pero además, del 1 de junio 2019 a la fecha, tanto dentro como fuera del país ha sido blanco de numerosas críticas por decisiones tomadas, acciones ejecutadas y amenazas tuiteadas que son de amplio conocimiento público. Pero deben destacarse las detenciones arbitrarias y las ejecuciones de jóvenes; estas últimas, tras la incitación presidencial dirigida a policías y militares en cuanto al uso de la “fuerza letal”. Agréguele que también ofreció defensa legal para quienes, en ese marco, sean “injustamente” acusados “por defender la vida de la gente honrada”.

¿Hablamos entonces de un “cheque en blanco” e impunidad? ¡Cuidado! Con todo lo visto y oído, a  estas alturas podría decirse que le quedó grande el escritorio. Debemos entonces interrogarnos: ¿Vamos rumbo al Sumpul de la bestialidad ocurrida hace cuatro décadas? Quienes conocimos ese tortuoso camino, sabemos muy bien cuál es su doloroso destino. Así lo advertimos antes y así lo advertimos ahora. ¡Ojo! También hay que pensar y plantear alternativas para evitar que se repitan esos cíclicos y nefastos pasajes de la historia nacional.





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