Menos del 3% de los cerca de 4 mil periódicos que circulaban en Alemania estaban en manos de los nazis cuando Adolf Hitler llegó al poder a principios de 1933. Para finales de ese mismo año, la mezcla de censura y propaganda impuesta por el régimen hitleriano había destruido casi todo asomo de expresión democrática. Ningún medio de comunicación quedaba para dar espacio a voces opositoras. Solo el partido oficial tenía derecho a hablarle a la ciudadanía. En menos de 365 días, el miedo y el silencio se habían apoderado de Alemania.

Opinión

Censura y propaganda. Pasividad y silencio ¿Por qué entonces toda esa gente guardó silencio? ¿Por qué las protestas fueron tan dispersas y el régimen fue tan exitoso en sofocar a los pocos que se rebelaron?

Federico Hernández Aguilar / Escritor

lunes 3, mayo 2021 • 12:00 am

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Menos del 3% de los cerca de 4 mil periódicos que circulaban en Alemania estaban en manos de los nazis cuando Adolf Hitler llegó al poder a principios de 1933. Para finales de ese mismo año, la mezcla de censura y propaganda impuesta por el régimen hitleriano había destruido casi todo asomo de expresión democrática. Ningún medio de comunicación quedaba para dar espacio a voces opositoras. Solo el partido oficial tenía derecho a hablarle a la ciudadanía. En menos de 365 días, el miedo y el silencio se habían apoderado de Alemania.

¿Cómo le fue posible a Hitler tan rápidamente obtener semejante control sobre las instituciones libres y los medios de prensa germanos? Ya se sabe que los nazis amenazaron a la oposición política, manipularon la opinión pública y usaron los procesos democráticos para destruirlos. Pero suele hablarse poco del acomodo y el miedo de los… alemanes de bien.

No toda la sociedad germana, obviamente, estaba de acuerdo con las ideas hitlerianas; eran muchos los ciudadanos que las veían como verdaderas amenazas. ¿Por qué entonces toda esa gente guardó silencio? ¿Por qué las protestas fueron tan dispersas y el régimen fue tan exitoso en sofocar a los pocos que se rebelaron? Censura y propaganda son las razones. Hitler procedió a desmantelar, en cuanto pudo, todo espacio de transmisión de ideas contrarias a las suyas, mientras sus órganos propagandísticos tomaban eficientemente el relevo.

La ingenuidad de los “buenos”, por otra parte, contribuyó a que el partido nazi solo causara dudas razonables allí donde debían germinar los motivos de alarma. Tan pronto como en diciembre de 1930, Joseph Goebbels (que poco después estaría al frente del Ministerio de Propaganda del Reich) irrumpió con un grupo de asalto en el estreno de la adaptación cinematográfica de la novela “Sin novedad en el frente”, de Erich Maria Remarque. Buena parte del público asistente fue golpeado o sufrió intoxicación por bombas de humo. Remarque dejó Alemania al año siguiente.

¿Cómo tomó la opinión pública aquel brutal incidente? Con mucha tranquilidad. Se comentó en los diarios que se trataba de un ataque aislado, protagonizado por un grupito de inadaptados sociales, y se olvidó. En nuestros días tal vez ningún gobierno con tendencias autoritarias asaltaría un cine, pero en redes sociales sí hostigaría a través de sus exaltados seguidores a cuanto opositor asomara la cabeza. ¿Alguien recuerda las repulsivas expresiones del youtuber Roberto Silva contra dos reconocidas dirigentes del FMLN? Pues justamente ese tipo de cosas haría hoy un fanático pagado por Goebbels.

Por increíble que parezca, el 2 de febrero de 1933, un influyente periódico de la comunidad judío alemana afirmaba lo siguiente: “No suscribimos la opinión de que el Sr. Hitler y sus amigos, ahora finalmente en el poder, implementarán las propuestas que circulan en sus periódicos; no privarán repentinamente a los judíos alemanes de sus derechos constitucionales, ni los encerrarán en guetos, ni los someterán a los impulsos asesinos de las turbas”. Leídas estas palabras a la luz de la historia parecen un trágico mal chiste. Pero no. Durante todo el año 1933 hubo miles y miles de ciudadanos acomodándose a este tipo de pensamientos “tranquilizadores”.


¿Estaremos viviendo algo similar en El Salvador de hoy? ¿Será que nuestros deseos de no tener “problemas” están privándonos de nuestro colectivo sentido de alarma? ¿Cuánta pasividad de los “buenos” necesita el régimen para consolidarse?