Desde hace más de 20 años Vladimir Putín controla el poder político, la economía y la vida cotidiana de millones de personas en Rusia. Ajeno a cualquier control ideológico o partidario, su única convicción parece ser la de mantenerse en el poder a toda costa, devolverle a su país la “grandeza” que tuvo en la época de los Zares, y que le permitió a su país defenderse de los invasores y de la conspiración de Occidente durante la guerra fría.

Opinión

Hijos de Putín…

Roberto Burgos Viale / Catedrático

lunes 11, enero 2021 • 12:00 am

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Desde hace más de 20 años Vladimir Putín controla el poder político, la economía y la vida cotidiana de millones de personas en Rusia. Ajeno a cualquier control ideológico o partidario, su única convicción parece ser la de mantenerse en el poder a toda costa, devolverle a su país la “grandeza” que tuvo en la época de los Zares, y que le permitió a su país defenderse de los invasores y de la conspiración de Occidente durante la guerra fría.

La historia –ya se ve aquí- no es uno de los puntos fuertes de Putín, para eso se vale de las consignas y convicciones personales que adquirió durante su desempeño como oficial de inteligencia de la extinta KGB (la oficina de espionaje soviética) y durante el desempeñando de sus misiones en la Europa Central, donde la influencia de la también desaparecida URSS se basaba en la disponibilidad de armamento y la eliminación de los disidentes, no en la contundencia de las ideas o del debate.

Putín se convirtió con el paso de los años en un modelo para ciertas corrientes de pensamientos que tiempo atrás, en un ámbito que bien podemos calificar de “subterráneo”, mantuvieron vivas las mismas ideas que fueron derrotadas en la Segunda Guerra Mundial: el fascismo, el antisemitismo y las visiones abolicionistas de los derechos humanos y de las sociedades plurales, y que se escondieron durante medio siglo por lo menos, esperando el momento adecuado para volver a mostrarse, encarnadas en nuevos voceros o actores políticos que las defendieran.

Lo anterior parecía imposible, hasta que una sucesión de crisis a escala mundial llevó a millones de personas a la desesperación, y a cuestionar los efectos y no las causas de muchos de los males del mundo: el desempleo, la migración, la corrupción y hasta el crimen organizado, fueron imputados a las democracias, que basadas en un Estado de Derecho, en el respeto a la diversidad humana y a la promoción de la discusión abierta y el debate en el seno de las instituciones, parecía tomarse demasiado tiempo para acordar decisiones e implementar soluciones.

Volvió entonces el ansia por el “hombre fuerte”, el elegido y ungido para resolver problemas nacionales sin necesidad de construir consensos, sin ataduras constitucionales y siempre imponiéndose a las conspiraciones de las que alega ser víctima, ya sea por los sectores liberales de la sociedad, por los partidos tradicionales, por la academia, los medios de comunicación independientes o cualquiera que se atreva a disentir mientras este héroe de los nuevos tiempos se ocupa por devolverle al país el esplendor perdido en los anales de la historia.

¿Les suena conocido el discurso? Es el que han sostenido y seguirán sosteniendo en público y en privado los que podemos llamar “hijos políticos de Putín”, o los verdaderos “hijos putativos del fascismo europeo”, cuyos orígenes se remontan a inicios del siglo pasado y cuyas raíces se hunden en el racismo, el antisemitismo declarado o mal disimulado y en una ignorancia de la cultura y de la historia, que bien merecería un poco de lástima, si no fuera por las terribles consecuencias que para la vida y la seguridad de todos representa su irrupción en diferentes partes del mundo.


Llámense Tayyip Erdogan en Turquía, Donald Trump en EE.UU., Viktor Orbán en Hungría, Daniel Ortega en Nicaragua o Nayib Bukele en El Salvador, todos se comportan como fieles seguidores de Putín, aplicando las mismas recetas de este: gobiernos familiares y vengativos, interpretaciones constitucionales que erosionan las bases de la democracia, militarismo y politización de las fuerzas de seguridad pública, control clandestino del disenso e imposición de reformas legales que establecen interpretaciones restrictivas a los derechos humanos. Todo lo anterior, acompañado de negocios secretos y del uso discrecional de los presupuestos nacionales.

Las recetas para el abuso del poder no son invento de Vladimir Putín, este llevó las cosas al ámbito público en un momento de la historia en el que se creían superadas muchas de las amenazas a la libertad que aquí se enumeran. La respuesta está en manos de la ciudadanía, pero este es un tiempo difícil, en el que el uso del espacio público está descartado ante la amenaza de la pandemia, y cuando los hijos de Putín en todo el mundo parecen encontrarse tan a sus anchas, en medio del caos y el miedo que ellos mismos provocan o agravan.