Hace tres años, escribí en la víspera de elecciones, en ese momento me encontraba ante la disyuntiva de qué hacer: ¿votar o no votar?, ¿anular o no mi voto?, ¿a quién o quiénes les doy mi voto? Este año, nuevamente me encuentro ante esa disyuntiva. Comparto el sentimiento de hartazgo y frustración con toda la clase política que gran parte de la población tiene: ni los partidos “nuevos”, ni los “tradicionales” están a la altura de los problemas de nuestro país, nuevamente la mediocridad y la falta de propuestas clara y concretas han dominado la campaña electoral. Y por si el descontento no fuera suficiente, en esta campaña también hemos tenido que presenciar el retorno de uno de los peores fantasmas de nuestro pasado: la violencia electoral, que lamentablemente ha cobrado dos vidas humanas.

Opinión

Más allá de las elecciones

Lourdes Molina Escalante / Economista sénior Icefi @lb_esc

jueves 18, febrero 2021 • 12:00 am

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Hace tres años, escribí en la víspera de elecciones, en ese momento me encontraba ante la disyuntiva de qué hacer: ¿votar o no votar?, ¿anular o no mi voto?, ¿a quién o quiénes les doy mi voto? Este año, nuevamente me encuentro ante esa disyuntiva. Comparto el sentimiento de hartazgo y frustración con toda la clase política que gran parte de la población tiene: ni los partidos “nuevos”, ni los “tradicionales” están a la altura de los problemas de nuestro país, nuevamente la mediocridad y la falta de propuestas clara y concretas han dominado la campaña electoral. Y por si el descontento no fuera suficiente, en esta campaña también hemos tenido que presenciar el retorno de uno de los peores fantasmas de nuestro pasado: la violencia electoral, que lamentablemente ha cobrado dos vidas humanas.

A pesar de todo lo anterior, considero que ejercer mi derecho y deber del voto es lo menos que puedo hacer para seguir construyendo la democracia en El Salvador. Pero, ¿vale la pena luchar por ella? De acuerdo con la última encuesta del Iudop, para 8 de cada 10 personas, la democracia sigue siendo preferible a cualquier forma de gobierno. Por eso es lamentable cuando, incluso desde el propio Gobierno, se menosprecia la institucionalidad democrática, en especial si recordamos que como país tuvimos que vivir una guerra para poder tener la oportunidad de construir un sistema democrático, con independencia y contrapeso entre los poderes del Estado y en el que los y las funcionarias se eligen bajo el voto popular.

Considero que el tipo de clase política que tenemos es un reflejo del tipo de ciudadanía que ejercemos. Somos una ciudadanía con mucho camino por andar, empezando por un ejercicio del derecho al sufragio con sentido de responsabilidad; las elecciones no son un simple concurso de popularidad,  las personas por las que votamos serán quienes tomen decisiones que incidirán en el bienestar individual y colectivo de los y las salvadoreñas, por ello el voto no debería ser una elección pasional, sino una decisión basada en el conocimiento y evaluación de propuestas concretas.

Pero hay otro elemento que desde la ciudadanía debemos tener presente: si bien la emisión del voto es fundamental, el proceso de construcción de la democracia va más allá de eso. La clase política salvadoreña es el ejemplo concreto de que realizar elecciones no nos garantiza vivir en democracia. La consolidación y  legitimación de la democracia depende de contar con un Estado con la capacidad y la voluntad de garantizar el goce y el ejercicio pleno de los  derechos económicos, sociales y culturales de la población. Pero para ello, se requiere que como ciudadanía dejemos a un lado la apatía y el hartazgo político, que nos involucremos y defendamos lo público; la indiferencia crea las condiciones perfectas para que unos pocos, se adueñen de lo público y gobiernen en función de sus intereses particulares.

Construir la democracia también requiere que día a día: paguemos nuestros impuestos para financiar bienes y servicios públicos; reconozcamos y defendamos al gasto público como instrumento garante de los derechos de todas y todos; exijamos transparencia, probidad y rendición de cuentas a toda persona que ejerzan un cargo público. Sin una ciudadanía activa que exija y evalúe a sus autoridades, seguiremos teniendo funcionarios y funcionarias que solo se recuerdan de la población y sus necesidades en las campañas electorales, mientras que el resto del tiempo, ponen lo público al servicio de sus intereses particulares.

Salvaguardar la incipiente democracia en nuestro país requiere de una ciudadanía activa y comprometida, que además de ir a las urnas cada tres o cinco años, asuma la responsabilidad de informarse, participar y fiscalizar a todas las personas que ejerzan cargos públicos independientemente del partido político al que pertenezcan o del nivel de popularidad que posean. Si bien espero que la mayoría de salvadoreños y salvadoreñas acudamos a las urnas el próximo 28 de febrero, también será muy importante que a partir del lunes 1 de marzo todos y todas sigamos apostando y aportando a la democracia  de nuestro país.