La década de los años cincuenta fue muy importante en la formación de maestros y maestras en El Salvador. En la Escuela Normal Alberto Masferrer estudiábamos alrededor de doscientos estudiantes varones en régimen de internado. Los alumnos nuevos eran bien acogidos y los estudiantes antiguos nos esmerábamos en darles un trato familiar y apoyarlos en todo lo necesario. Si en la escuela militar a los recién llegados se les llamaba “reclutas” y recibían un trato a veces despectivo, para nosotros desde el primer momento nos dirigíamos al novato como “compañero”. Después de un tiempo ya se le llamaba solamente “paña”, para abreviar y tener más familiaridad con ellos

Yo deseo en esta columna escribir a propósito del Día del Maestro y relatar algunos de mis recuerdos sobre mis compañeros de esa época, a los que yo llamo casos célebres y recuerdo con más cariño.

En 1952 llegó a la escuela un chico corpulento, alto y fornido que era lanzador de discos. Era un chico muy amable que ya traía un apodo desde su casa, porque tengo que explicar que ninguno de los estudiantes de la normal se salvaba de un apodo. Su nombre era Rafael Soto y en su familia le llamaban Lito, lo que sonaba bastante paradójico al tener un apodo diminutivo y tratarse de un hombre tan alto. El apodo salió fácilmente porque entre “paña” y “lito”, su apodo ya venía dado y le quedó el apodo de “Pañalito”. Era un excelente amigo.

Otro caso era el del “Bachiller”. Se trataba de Rafael Alfredo Guerrero. Yo personalmente lo llamaba “El célebre”, por ser ingenioso y rápido de mente. Un día que yo me aburría le pregunté: “Mire bachiller, deme un consejo de cómo me puedo hacer rico rápido y sin trabajar mucho”. Y él me contestó: “Mirá Paña, ¿Vos conocés a la familia Meza Ayau?”, y yo le contesté: “Claro, que sí, ¡Es una familia de millonarios dueños de la embotelladora La Constancia!”, y me contestó: “¿Ya ves?, ya lo has dicho vos.... cons-tan-cia. ¡Eso es lo que necesitás para hacerte millonario! Es lo único que te hace falta...”. Este compañero, al contrario de la opinión generalizada de que la naturaleza no se equivoca nunca, él era del parecer que sí, que la naturaleza sí que equivoca y para demostrarlo nos ponía un ejemplo en la clase de Anatomía. Él decía que la pierna estaba mal diseñada porque los gemelos deberían de encontrarse donde se encuentra la tibia y lo contrario. Nos decía: “De estar el gemelo delante y no detrás, cuando te das un golpe no te dolería tanto, porque el músculo amortiguaría el golpe. Por otro lado, también si te muerde un perro no tendría dónde clavarte los dientes porque encontraría hueso y no músculo”. Dos razones muy poderosas para tirar por el suelo el diseño de las pantorrillas...

Otro recuerdo entrañable me lleva a Mario González Medrano. Mario era el estudiante protagónico por excelencia e iba siempre adelantado en los contenidos de los cursos. Mario era servicial y estaba dispuesto a explicarnos temas en caso que no entendiéramos algo. En una ocasión de celebración del Día de la Madre, la Escuela organizó un concurso literario y para competir teníamos que hacer una redacción literaria sobre ese tema. Mario le preguntó a Misael Hernandez: “Paña y ¿vos que vas a escribir para el día de la Madre?, ¿Ya lo tenés pensado?” y Misael le contestó: “Pues, yo nada hermano, porque como soy huérfano no tengo a quien dedicarle un escrito” y Mario le contesto: “No, Misael, no importa, siempre podés escribir sobre las cualidades que tenía tu mamá” y empezó darle ideas de lo que podía escribir al punto de darle la motivación e inspiración necesaria, con el resultado que Misael Hernández ganó el primer lugar del concurso. Así era Mario: un dirigente nato.

Mario Medrano fue la fuente de inspiración de mi discurso de despedida en la ceremonia de graduación de la tanda de maestros del año 1955, al que le di el título de “Después del Pan, la Educación es la primera necesidad de los pueblos”. Y la idea me la había dado Mario Medrano. Sólo hasta hace poco descubrí que la frase es de Jean Jaques Danton, dirigente de la Revolución Francesa.

Pablo Ramos era un chico que venía de la Escuela Militar y aunque era buen compañero, algunas veces le gustaba fanfarronear delante del resto. En una ocasión cuando estábamos a punto de irnos de vacaciones de Semana Santa, llegó al dormitorio y desde la puerta nos gritó: “¡Reclutas!, mañana se van de vacaciones a sus pueblos y van a ir a ver a sus familias. ¡No olviden contarles a todos que ya tuvieron el honor de conocer a Pablo Ramos!”, todos nos echamos a reír de sus delirios de grandeza.

El último caso que llevo muy profundo en mi corazón es el de Rafael López, “El Cabezón López”. Rafael era un estudiante sobresaliente, cariñoso, compasivo, solidario, servicial y de trato humilde. Yo a Rafael lo llamaba cariñosamente y en privado “Pánfilo”, porque “pan” significa “todo” y “filo” significa “amar a todas las cosas” y no porque fuera una persona cándida y bobalicona. Para mí El Cabezón López encarnaba al cien por cien palabras salvadoreñas de “chero”. Rafael era de Tacuba y se había graduado un año antes que yo. Los compañeros de su tanda fueron hasta su pueblo para rendirle homenaje póstumo algunos años después de su fallecimiento. Ahora me une una gran amistad con su hijo Fidel, gracias a quien he podido ir publicando esta columna dedicada a la ingeniosidad de los salvadoreños.

• Francisco Tomás Orellana Calles es licenciado en Biología por la Universidad de El Salvador.
Tomeore32@gmail.com