En este caso queremos destacar el pensamiento de un filósofo, el sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría. Ellacuría llegó a ser rector de la Universidad Centroamericana, y desde mediados de la década de 1970 dirigió la revista de Estudios Centroamericanos. Sin embargo, su pensamiento sobre el problema específico de la reforma agraria se remonta al momento de la ruptura del tabú sobre el tema agrario: el Primer Congreso Nacional de Reforma Agraria, que se llevó adelante entre el 5 y el 10 de enero de 1970. Desde principios de la década de 1960 distintos sectores de las élites salvadoreñas habían manifestado su preocupación por lo que describían -con razón- como un volcán a punto de estallar. El Salvador era el país más pequeño y el más densamente poblado de América Latina. El Estado salvadoreño recién reconoció la necesidad de discutir el tema cuando explotó la Guerra con Honduras y la presión demográfica se volvió insostenible. Ese fue el contexto de la convocatoria al congreso sobre reforma agraria. Allí Ellacuría, con una precisión epistemológica, fue la única voz que se elevó para separar el concepto reforma agraria del concepto de productividad o de desarrollo económico que parecían primar en el ambiente:
“Queremos que quede bien claro que no hemos defendido en ningún momento, como elemento principal, ni siquiera como elemento equivalente, el elemento de la productividad, por lo tanto, no queremos dar ni guacal ni bandeja, ni nada a quien argumentando en función de la productividad no quiera la justa redistribución de la tierra”.
A partir de ese momento, la Universidad Centroamericana se dio una estrategia de intervención en el debate quizás más acalorado que haya atravesado la sociedad salvadoreña en la década de 1970. En esa estrategia, Ellacuría se encargó de abordar el problema filosófico de la reforma agraria. Sus escritos buscaban encontrar un marco teórico-valorativo a través de la pregunta por el sentido último y total de la reforma agraria. Ellacuría era claro, el sentido último y total de la reforma agraria era político: “Lo que está en juego (...) es la forma de humanidad que va a ir tomando el hombre salvadoreño”. La reforma agraria era un paso necesario para crear una sociedad nueva, un hombre nuevo, un mundo más justo. Para ello se volvía imprescindible la labor de historizar los conceptos que se presentaban ante la sociedad como universales, particularmente el de propiedad privada. Desenmascarar los intereses que se ocultaban bajo el concepto de propiedad privada era el deber histórico que tenía la filosofía. La propiedad privada era una imposición colonial y de ella derivaban las demás injusticias. Discutir la reforma agraria era romper el manto de silencio que cubría los cimientos de la sociedad liberal.
La participación de Ellacuría en el debate abierto en torno a la transformación agraria entre 1975 y 1976 (durante el gobierno de Arturo Armando Molina) le costó amenazas y disgustos. Particularmente cuando la Asociación Nacional de la Empresa Privada y las organizaciones terratenientes de la región oriental (nucleadas en FARO) en menos de tres meses hicieron retroceder el Primer Proyecto de Transformación Agraria. Había sido el primer intento, aunque tímido y acotado, por frenar las causas sociales de la guerra que se avizoraba. Decepcionado con el retroceso de Molina, el sacerdote escribió su afamado editorial: “A sus órdenes mi capital”, donde expuso su decepción ante la claudicación del gobierno frente a los poderes económicos.
Probablemente su lucidez, su perspicacia y su profundidad para abordar la problemática agraria y la injusticia social a la que era condenada la población salvadoreña, hayan sido los motivos de quienes en 1989 -vilmente- lo asesinaron junto a sus colegas en nombre de la propiedad privada.