A diario, maestros y estudiantes de todos los niveles escolares sufren el acoso y hostigamiento de las pandillas. Es dificil buscar la superación y el desarrollo personal en esas circunstancias, pero a diario miles de niños y jóvenes, así como sus maestros se convierten en héroes y heroínas en medio de esta tragedia diaria.
Lo de la maestra Sandra, quien había perdido a su hija víctima de la misma violencia criminal, es el extremo, es el sacrificio máximo. La profesora orientaba a sus alumnos para que no cedieran a la tentación de las pandillas y también intentaba convencer a los delincuentes que no siguieran acosando a los niños, algo que evidentemente no le perdonaron.
Hay miles de Sandras en nuestras escuelas e institutos, profesores y profesoras capaces de dar la vida por sus estudiantes, por encaminarlos por el bien con esa vocación sagrada de enseñar.
Nuestra sociedad necesita ser rescatada de las garras de la criminalidad, de la delincuencia, de la maldad que se ha apoderado de estos individuos que hacen tanto daño. Son hombres y mujeres como Sandra, que a diario intentan rescatar a nuestros jóvenes de esas garras, los que salvarán nuestro país y a las futuras generaciones de esta desgracia que hoy tenemos.
El Salvador necesita esperanza, pero también necesita valor y lucha para no darse por vencidos, para no resignarse, para no creer que los malos van a ganarnos la partida como país. Merecemos un futuro mejor y eso es lo que quiso Sandra para su hija y para sus alumnos. No dejemos que muertes como la de ella queden en vano.