Espero no ser un grinch católico. Porque si de algo habla la Navidad es de acoger a todos. Sobre todo, porque incluso el más pequeño y el más débil, podría ser Cristo, tal y como sucede en la primera Navidad. Pero, por otra parte, estoy convencido que el nacimiento de Cristo sí que tiene un gran valor para todos, independientemente de lo que piensen sobre la divinidad de Jesús.
Esto se explica por el hecho mismo de la primera Navidad. Cristo viene, independientemente si alguien le espera. Viene al margen, podríamos decir, de si somos cristianos católicos, evangélicos, luteranos, musulmanes, ateos, new age, etc. De hecho, en el momento histórico de la encarnación de Cristo, evidentemente no había cristianos. Pero viene para todos. Quizá lo que provoca malestar en alguno, es que el cristiano diga lo que Cristo dijo: que viene para salvarnos. Estos pocos estarían enojados porque estaríamos diciendo que todos necesitamos salvación.
No sé si esa actitud calificaría para un nuevo tipo de grinch. Lo que me parece más interesante es saber qué tipo de salvación trae ese niño que decimos que es el Mesías, el Salvador. Sin lugar a duda, hay “ofertas” de salvación que no son muy atractivas. Otras que “parecen” muy atractivas, pero que luego no terminan siendo lo que uno esperaba. Pero con pocos años de vida que uno tenga creo que, si somos honestos, todos reconocemos que hay actitudes, sentimientos o acciones en nuestra vida, que quisiéramos que no estuvieran. Y de esto, si nos gustaría que alguien nos ayudase, como ha demostrado la pandemia de estos años, con el incremento en citas a psicólogos, psiquiatras… y el acercamiento de tantísimas personas a Dios.
Que alguien nos ayude en nuestras limitaciones no me parece una idea tan catastrófica. Me parece una idea muy humana y muy real. Por eso, no me sorprende que entre las primeras 10 TEDx talks más vistas esté “El poder de la vulnerabilidad” de Brené Brown. Y que la pandemia haya suscitado una actitud de ayuda a los demás. Y que en general, nos alegramos con que nos ayuden.
Cristo nace para todos, para ayudarnos a todos. A todos los que quieran. Por eso nace como niño indefenso. Para no imponerse. Para invitar. Y por eso es tan paradójico el nacimiento de Cristo: porque es Dios, pero es vulnerable. Herodes, el rey de Judea de aquel entonces, mandó a matarlo. Cuando el poder se pervierte, tiende a usarse en contra de los más indefensos, como lamentablemente hemos comprobado tantas veces. Pero este Dios que se hace niño, se arriesga. Para mostrarnos que entiende nuestra fragilidad. Que es omnipotente, pero nos quiere. Y que haría cualquier cosa para convencernos de su Amor. Por tanto, toma la iniciativa. Aunque pocos le reciban…, porque para Él, toda vida es valiosa.
Ante estas consideraciones, caben diversas actitudes. Hay una que me gusta mucho: la de los pastores. Ante el anuncio de los ángeles dicen, “Vayamos a Belén para ver esto que ha ocurrido y que el Señor nos ha manifestado” (Lc. 2, 15). Y ojalá que todos, experimentemos un poco aquello de “al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño” (Lc. 2, 17).