Entre cantos, plegarias, misas, ponencias y oraciones, cientos de salvadoreños recordaron la obra, mensaje y vida de San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, quien este martes cumple 46 años de haber sido asesinado.
La cripta donde reposan los restos del santo fue visitada por cientos de salvadoreños donde se desarrollaron romerías y actividades en nombre del santo.
Ahí también llegó doña Carmen Valencia, originaria del cantón Copapayo, de Suchitoto, Cuscatlán, quien desde hace años llega a agradecer por la salud de su hijo. Doña Carmen tiene la certeza que «San Romero de América» es milagroso, porque lo ha vivido en carne propia.
Relata que hace 11 años, su hijo sufrió un infarto, el único que le sobrevive. Doña Carmen cuenta que cuando recibió la llamada de su nieta, contándole la mala noticia se arrodilló a pedirle a Romero.

«Yo caí hincada. Tengo los afiches de él (y le dije): «Monseñor Romero no te llevés a mi hijo, es el único que me ha quedado, a mi me mataron tres hijos en la guerra, mirá yo te ofrezco ir todos los años donde ti a darte gracias por mi hijo». Lo fui a ver a la clínica con los aparatos, él tiene un marcapaso en el corazón, y él doctor le dijo que estaba a punto de darle otro infarto, y de eso hace 11 años y no le ha dado, así que nos levantamos temprano, a las 3 de la mañana para venir», cuenta la salvadoreña, que con fervor habla de Romero.
Doña Carmen defiende que monseñor Romero dio un mensaje de amor y esperanza, pero principalmente de verdad. «Él si conoció el proyecto de Dios, y hoy nadie, ni sacerdotes… no hacen lo que él hizo, tienen miedo. Él gritó sin miedo por nosotros: un mensaje de amor y de paz, pero no lo entendieron, creyeron que era un mensaje de guerrillero, pecado el que hicieron», dice al referirse al asesinato.
El mausoleo de Romero también es visitado por aquellos que le conocieron, como Telma Mejía, quien fue una de las testigas de su palabra y cambio, entre los años 1979 y 1980. Ella relata que escuchar las homilías del arzobispo capitalino era un sentimiento de fe, esperanza y «de saber que no todo estaba perdido».
La salvadoreña destaca dos cosas de la vida de Romero: su cambio luego de que su amigo, el padre Rutilio Grande fuera asesinado, porque después el arzobispo se volvió a los pobres y marginados, y segundo, su asesinato.

«La muerte de él no es una muerte cualquier, es una muerte especial porque fue cuando él estaba elevando el cuerpo de Cristo que para él fue dar los últimos aliento de vida de forma martirial», manifestó Mejía.
A 46 años de su asesinato, las palabras de monseñor Romero siguen cobrando sentido en la vida de los salvadoreños: «Cese la represión».
Monseñor Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 de un solo disparo certero al corazón, en el hospitalito de la Divina Misericordia, mientras oficiaba misa en la tarde. Su magnicidio no ha sido investigado por la justicia salvadoreña y ha quedado en la impunidad.