Acudí a Las Colinas la mañana siguiente del terremoto y me impactó lo que había sucedido. Era humanamente inexplicable en un inicio. Uno caminaba sobre un alud de tierra y lodo, sobre las casas, veía todo clase de enseres domésticos y personales regados por todos lados y los sollozos de aquellos que buscaban esperanzados a sus seres queridos, eran tan dolorosos que aún me da escalofríos recordarlos.
Yo nunca había vivido un terremoto, por azares del destino, nunca había pasado por esa experiencia, hasta ese día. Comprendí entonces la fragilidad de nuestras vidas, el afán inmenso de proteger a quienes queremos en un momento como ese y también aprendí a pensar que puede volver a suceder en cualquier momento y que es necesario tomar precauciones mínimas ante esa realidad latente.
En aquellos días recuerdo que hasta los más valientes tenían miedo. Era muy difícil encontrar serenidad porque nos tembló horrible por más de seis meses, incluyendo otro terremoto exactamente un mes después y que dejó otra gran cantidad de muertos y daños materiales en la zona paracentral. No estábamos preparados entonces ni para medir la magnitud del terremoto, algo que gracias a Dios al menos ha mejorado un poco en el país
El Salvador está situado en ese cinturón de fuego del Pacífico que tanto hace mover esta zona del mundo. Nos va a volver a suceder. No sabemos cuándo, pero sucederá.