El papa Francisco nombró el domingo el primer cardenal salvadoreño de nuestra historia, el obispo auxiliar Gregorio Rosa Chávez, un hombre dedicado al servicio de la iglesia en las épocas más tumultuosas de nuestra historia.

Rosa Chávez fue uno de los clérigos más cercanos al beato Óscar Arnulfo Romero, quien se refería al hoy purpurado como “un amigo que lo ha sido desde tanto tiempo y muy de fondo”. También ha sido uno de los impulsores de su canonización.



El nuevo purpurado ha sido un hombre caracterizado por su humildad, la labor evangelizadora y su siempre mensaje crítico ante las injusticias, un hombre que cuestiona pero propone, que siempre ha favorecido el diálogo y ha abogado por la unidad del país.

Tener un cardenal salvadoreño es un gran honor para nuestro país y no solo para los católicos. Rosa Chávez debe ser un factor de unidad y cohesión para toda nuestra sociedad tan cargada de polarización política, de enfrentamientos verbales improductivos y malsanos, esta sociedad tan afectada por la violencia, la corrupción y la desigualdad.

Que la Divina Providencia ilumine al nuevo cardenal y que su labor profética sirva para fortalecer a El Salvador en valores y principios que tanto hacen falta para reconstruir el país moral, económica y socialmente.