Superar las mil muertes por accidentes de tránsito antes de terminar el año debería estremecer a El Salvador. No estamos únicamente ante una cifra estadística: son al menos 1,013 personas que salieron de sus casas y no regresaron, familias que recibieron una llamada devastadora y vidas truncadas en carreteras donde demasiadas veces la imprudencia parece haberse convertido en una conducta cotidiana.
Los datos son especialmente preocupantes porque muestran un deterioro acelerado. Entre el 1 de enero y el 12 de septiembre de 2026, las muertes aumentaron 23.8 % respecto al mismo período de 2025. También aumentaron un 22.9 % los lesionados, hasta alcanzar 11,096 personas. Mientras tanto, la cantidad total de siniestros aumentó solamente 5.1 %. Esto permite advertir algo todavía más inquietante: no solo están ocurriendo más percances, sino que sus consecuencias están siendo mucho más graves.
Las principales causas revelan que buena parte del problema está directamente relacionada con el comportamiento humano. La distracción del conductor encabeza la lista, seguida por invadir el carril contrario, irrespetar señales prioritarias, no guardar la distancia de seguridad y conducir a velocidad inadecuada. No estamos hablando principalmente de fenómenos imprevisibles. Hablamos de decisiones tomadas detrás del volante.
En las calles salvadoreñas se ha normalizado demasiado la conducción agresiva. Cambiar de carril sin precaución, utilizar el teléfono mientras se conduce, acelerar para impedir que otro vehículo se incorpore, pegarse excesivamente al automóvil de adelante, ignorar un alto o convertir cualquier espacio disponible en un carril improvisado son comportamientos que muchos conductores parecen considerar normales. Pero dejan de parecer insignificantes cuando las estadísticas terminan contándose en cadáveres.
También existe una preocupante confusión entre conducir con habilidad y conducir con temeridad. Llegar unos minutos antes no justifica poner en peligro a peatones, motociclistas, ciclistas, pasajeros y otros automovilistas. Una carretera pública no es una pista de competencia ni el vehículo otorga privilegios sobre los demás. Conducir implica aceptar una responsabilidad colectiva: cada maniobra puede afectar la vida de personas completamente ajenas a nuestras decisiones.
Las 1,681 detenciones por conducción peligrosa registradas hasta el 12 de septiembre, 13.7 % más que durante el mismo período de 2025, constituyen otra señal de alarma. La aplicación de la ley es indispensable y quienes conducen poniendo deliberadamente en riesgo a otros deben enfrentar las consecuencias correspondientes. Sin embargo, las capturas y multas por sí solas difícilmente resolverán un problema que también tiene raíces culturales.
El país necesita controles efectivos, educación vial permanente, mejores condiciones de infraestructura y una aplicación consistente de las normas. Pero los conductores también debemos asumir nuestra parte. Resulta demasiado cómodo responsabilizar únicamente a las autoridades, al tráfico, al estado de las calles o a los demás automovilistas mientras justificamos nuestras propias infracciones como pequeñas excepciones.
Hay que recuperar una idea elemental: conducir bien no consiste solamente en saber mover un vehículo. Significa respetar límites, anticipar riesgos, mantener distancia, ceder el paso cuando corresponde, evitar distracciones y comprender que ninguna urgencia personal vale una vida.
Cuatro personas están muriendo diariamente en las carreteras salvadoreñas, según el promedio registrado este año. Si esa cifra no provoca un cambio de comportamiento, corremos el riesgo de convertir la tragedia en paisaje y la muerte vial en una estadística que simplemente esperamos escuchar cada año. Mil muertos deberían ser suficientes para abandonar esa indiferencia.
