Esta mañana, mientras disfrutaba mi desayuno, escuché la entrevista que el programa Frente a Frente le hacía al licenciado Luis Treminio, presidente de la Cámara Salvadoreña de Pequeños y Medianos Productores Agropecuarios (CAMPO).

Vivo en el oriente del país y estoy experimentando en carne propia los efectos del fenómeno de El Niño, que nos ha traído una sequía brutal, temperaturas exorbitantes y una grave afectación de cultivos tradicionales como el maíz y el frijol.

Los fenómenos naturales, indudablemente, no son responsabilidad de los gobiernos; sí lo son, sin embargo, las respuestas destinadas a mitigar sus efectos. Nuestro Gobierno oculta información y mantiene a la población en la oscuridad frente a un problema cuya gravedad podría aumentar: la inseguridad alimentaria, que, según expertos internacionales, empeorará en 2027.

Más calor, menos agua y menor producción agrícola: esa es la ecuación que amenaza el futuro alimentario del país.

¿Pero que es el fenómeno del niño? ¿Y está relacionado al calentamiento global?

El fenómeno de El Niño fue identificado en los 1600 inicialmente por pescadores españoles del norte del Perú, quienes observaron que, cerca de Navidad, aparecía una corriente de aguas cálidas que reducía la pesca. Por esa razón la llamaron El Niño, en referencia al niño Jesús. Aunque el fenómeno era conocido desde mucho antes, su primera descripción científica formal se registró en Lima en 1892, aunque se sabe que el fenómeno ha existido por miles de años en nuestro planeta. Con el desarrollo de la climatología, se comprendió que no se trataba únicamente de una corriente local, sino de un calentamiento anómalo del Pacífico ecuatorial que altera las lluvias, las temperaturas y la actividad pesquera en diversas regiones del mundo.

El Niño no es causado directamente por el calentamiento global. El Niño es un fenómeno natural y periódico del sistema océano-atmósfera, mientras que el calentamiento global se debe principalmente a la acumulación de gases de efecto invernadero producidos por la actividad humana. Algunos científicos explican que podría existir una relación simbiótica entre ambos fenómenos. El Niño es como un impulso temporal de calor sobre una tendencia permanente de calentamiento global. Esa combinación puede explicar por qué una sequía asociada al fenómeno resulta más severa para la agricultura, el agua y la seguridad alimentaria.

Las consecuencias para la salud publica y la sobrevivencia de civilizaciones han sido devastadoras históricamente. Entre 1876 y 1878 se produjo una sequía de alcance excepcional en regiones de Asia, África y Sudamérica. El episodio coincidió con un El Niño muy intenso, además de condiciones anómalas en el océano Índico y el Atlántico. La combinación provocó malas cosechas, hambrunas y epidemias en India, China, Brasil y otras zonas.

Algunas investigaciones estiman que la crisis causó más de 50 millones de muertes, aunque la cifra es aproximada y existe incertidumbre en los cálculos históricos. Las muertes se debieron principalmente al hambre, la deshidratación, las enfermedades y la vulnerabilidad de las poblaciones afectadas, no directamente al calentamiento del océano.

La magnitud de la tragedia estuvo relacionada con factores sociales y políticos, algunos que me recuerdan a El Salvador: sistemas agrícolas dependientes de las lluvias, escasas reservas de alimentos, respuestas gubernamentales insuficientes o tardías. Ese antecedente no significa que el episodio actual vaya a provocar una catástrofe semejante. Sí demuestra que un fenómeno climático severo puede convertirse en una tragedia humanitaria cuando coincide con pobreza, falta de información, baja producción agrícola y una respuesta institucional deficiente.

Según las estimaciones disponibles de CAMPO, El Salvador enfrenta actualmente un faltante de maíz y frijol, en conjunto, de aproximadamente 3.29 millones de quintales para el ciclo agrícola 2026-2027. Estas cifras todavía son proyecciones, no un balance definitivo de cosecha. El déficit podría aumentar si continúa la sequía y se pierden más cultivos, especialmente en el oriente del país.

Un especialista del CESTA ha planteado un escenario más grave: hasta 10 millones de quintales de déficit de maíz y cerca de 1.5 millones de quintales de frijol. Como es costumbre el gobierno se abstiene de comunicar a sus ciudadanos una cifra única oficial y consolidada que incorpore plenamente las pérdidas de la sequía en la cosecha 2026-2027.

El déficit no significa automáticamente que el país vaya a quedarse sin alimentos. Puede cubrirse mediante importaciones, reservas estratégicas, apoyo a la producción, riego y ayuda focalizada. El problema aparece cuando esas medidas son tardías, insuficientes o poco transparentes. Como lo que actualmente observamos.

*El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional.