«La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo», afirmó el reconocido educador brasileño Paulo Freire. La frase adquiere especial significado ante la apuesta que plantea el Presupuesto General del Estado para 2027: destinar recursos sin precedentes a uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de El Salvador.
Según lo anunciado por el Ministerio de Hacienda, la inversión consolidada en el sector educativo alcanzaría los $3,416 millones, equivalentes al 8.1 % del Producto Interno Bruto (PIB). Más allá de la magnitud de la cifra, lo relevante es el mensaje que representa: apostar por la educación significa apostar por las capacidades de las nuevas generaciones y, con ellas, por el futuro del país.
Solo el Ramo de Educación, Ciencia y Tecnología dispondría de $2,700 millones, frente a los $1,641 millones de 2026. Se trata de un incremento de $1,059 millones, equivalente al 64 %, que abre una oportunidad extraordinaria para fortalecer un sistema educativo que requiere infraestructura digna, herramientas tecnológicas, conectividad, formación y mejores condiciones para estudiantes y docentes.
La inversión anunciada tiene, además, un carácter integral. Los recursos abarcan desde el mejoramiento y construcción de centros escolares hasta computadoras y tabletas, inteligencia artificial, uniformes, zapatos y útiles escolares. También comprende programas de conectividad, reducción de la brecha digital, becas, cultura, arte, deporte, capacitación y formación profesional.
Resulta especialmente significativo que el Estado proyecte reorientar $40 millones inicialmente destinados a Seguridad y Defensa hacia educación. Trasladar recursos de armamento y municiones a la formación de niños y jóvenes encierra un poderoso mensaje sobre las prioridades de una sociedad: la educación también construye seguridad, porque amplía oportunidades, fortalece la convivencia y ofrece a las nuevas generaciones herramientas para desarrollar un proyecto de vida.
Junto con celebrar una mayor inversión, corresponde exigir eficiencia, transparencia, planificación y evaluación permanente de los resultados. Cada computadora entregada debe convertirse en una herramienta de aprendizaje; cada escuela intervenida, en un espacio digno; cada beca, en una oportunidad aprovechada; y cada millón invertido, en mejores capacidades para el país.
El Salvador tiene ante sí la posibilidad de demostrar que la educación no es simplemente un gasto dentro del presupuesto nacional, sino la inversión más estratégica que puede realizar una nación. Carreteras, edificios y tecnología son importantes, pero son las personas preparadas quienes finalmente construyen, administran e innovan sobre esas obras.
La apuesta por la educación debe trascender un ejercicio fiscal y convertirse en una política sostenida de país. Porque invertir en un niño hoy significa ampliar las posibilidades de contar mañana con mejores profesionales, científicos, emprendedores, artistas, maestros y ciudadanos.
Paulo Freire tenía razón: la educación quizá no cambie el mundo directamente, pero transforma a quienes tienen la capacidad de hacerlo. Invertir en ellos es, por tanto, comenzar desde ahora a construir el país que queremos mañana.
