La mejora de la perspectiva de riesgo de El Salvador de estable a positiva por parte de Moody’s Ratings es una señal alentadora que merece ser leída con visión estratégica y sentido de país. No se trata solo de un ajuste técnico en la evaluación de una calificadora internacional, sino del reconocimiento explícito de que las decisiones fiscales recientes están rindiendo frutos y sentando bases más sólidas para la estabilidad económica.
Moody’s destaca avances claros: una consolidación fiscal sostenida, amortiguadores de liquidez más fuertes y una reducción significativa de las necesidades de financiamiento. En un entorno internacional marcado por incertidumbre, inflación persistente y tensiones geopolíticas, que una economía pequeña y abierta como la salvadoreña logre mejorar sus métricas fiscales es un logro relevante. Refleja disciplina, planificación y una mayor capacidad de gestión de las finanzas públicas.
Es cierto que la calificación soberana se mantiene en B3 y que la agencia advierte sobre desafíos estructurales, como la elevada carga de la deuda, el tamaño de la economía o la limitada diversificación productiva. Sin embargo, la perspectiva positiva indica que la trayectoria es la correcta. En el lenguaje de los mercados, significa que si el rumbo se mantiene, una mejora en la calificación es posible. Y eso, para inversionistas y organismos multilaterales, importa mucho.
Particularmente relevante es el reconocimiento al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por $1,400 millones, que ha servido como ancla de credibilidad para las políticas fiscales. El ajuste de 3.5 puntos del PIB, ejecutado con recortes al gasto y mayor eficiencia en la recaudación —aduanas más estrictas, factura electrónica y ampliación de la base tributaria— demuestra que es posible ordenar las finanzas sin sofocar la actividad económica. De hecho, Moody’s subraya que el aumento de la inversión pública, especialmente en construcción, ha dinamizado el crecimiento, que alcanzó 4 % en 2025.
La reducción del déficit fiscal y, sobre todo, de las necesidades de financiamiento —que prácticamente se han recortado a la mitad en dos años— es una de las noticias más positivas. Menos presión financiera significa mayor margen de maniobra para invertir, responder a choques externos y mejorar el perfil crediticio del país de forma sostenible.
Este voto de confianza no debe verse como un punto de llegada, sino como un incentivo para profundizar las reformas. Fortalecer la institucionalidad, diversificar la economía y seguir atrayendo inversión serán claves para consolidar lo avanzado. La señal de Moody’s es clara: El Salvador va por buen camino. Ahora el reto es no perder el impulso y convertir esta perspectiva positiva en mejores oportunidades, más empleo y mayor bienestar para la población.