Fue un despliegue de voluntarios, funcionarios, leyendas deportivas y atletas activos trabajando juntos para dejar claro que nadie lo podía hacer mejor. Niños, madres, familias enteras - parisinos y turistas- se mezclaban en un partido de balonmano o probaban la experiencia de lanzar una fecha con un arco. Eso es inculcar cultura deportiva.
No había duda que París era la indicada, por más que el principal contendiente para 2024 era nada menos que Los Ángeles, empujada por los millones y el glamour de Hollywood. La tenía difícil el COI entre estos dos colosos. Además, París ya había perdido sus candidaturas en varios intentos y no se le podía escapar otra vez: por si fuera poco, en 2024 se cumplirían 100 años de sus últimos Juegos como anfitrión (los primeros en 1900 y los segundos en 1924). Así que lo salomónica fue darle a París los del centenario y a Los Ángeles lo de 2028, y todos felices.
Avalados por sus antecedentes como organizador olímpico, además de dos Mundiales de Fútbol (1938 y 1998), cuatro de rugby y otros tantos torneos en diferentes disciplinas, nadie dudó que Francia sería un dignísimo anfitrión.
Sin embargo, la primera imagen que París 2024 mostró al mundo fue un bochorno absoluto. Un partido de fútbol entre Argentina y Marruecos, jugado en la sub sede de Saint-Étienne, que estuvo casi dos horas parado por un árbitro que se le escapó de las manos y por un sistema de seguridad demasiado blando que permitió de todo: reiteradas invasiones de espectadores, otros que lanzaron botellas, vasos y hasta un petardo.
Más allá de las buenas intenciones, los Juegos Olímpicos empezaron con el pie izquierdo. Con un autogol. Dejaron muchas dudas en una ciudad que siempre vive bajo amenaza de un atentado, y sobre todo en estos días donde está bajo los reflectores. Con la ceremonia inaugural, un enorme desafío por romper todos los esquemas y sacarla por primera vez de un estadio, París tiene la gran posibilidad de empezar a reivindicarse. Ojalá.