Desde los cinco años fui soñadora. Mientras otros niños encontraban diversión en los juegos, yo encontraba oportunidades en las cosas más sencillas. Recuerdo que hacía limpieza y le cobraba a mi mamá, Milagro, por ese trabajo. Quizá ella veía a una niña inquieta que buscaba ganarse unas monedas; yo, sin saberlo, estaba descubriendo algo que me acompañaría toda la vida: las ganas de hacer, de vender, de crear y de encontrar una manera de salir adelante por mis propios medios. No sabía qué era emprender, pero ya tenía la inquietud de construir algo mío.
Al llegar a la adolescencia, comencé a vender de todo en la universidad. Después, cuando entré al mundo laboral, seguí haciéndolo. Siempre encontraba algo que ofrecer, una oportunidad que aprovechar o una idea que podía convertirse en ingreso. Vender era mucho más que una forma de ganar dinero: era parte de mi personalidad, de mi manera de relacionarse con el mundo y de esa convicción de que siempre había una posibilidad esperando ser descubierta. Con el tiempo, esa inquietud se convirtió en experiencia, y la experiencia me llevó a imaginar algo más grande.
A mis 30 años decidí apostar por mí y abrir mi propia agencia de comunicaciones y relaciones públicas. No estaba comenzando desde cero: llevaba conmigo años de trabajo, aprendizajes, relaciones profesionales y una vocación que había ido tomando forma. Pensé que el camino sería de crecimiento, que el esfuerzo se traduciría en resultados y que, con determinación, podría construir una empresa capaz de sostenerse y evolucionar. Como muchas mujeres que emprenden, tenía sueños, objetivos y la certeza de que estaba preparada para dar el siguiente paso. Lo que no imaginaba era que, en algún momento, tendría que enfrentarme a una de las preguntas más difíciles de mi vida: ¿qué sucede cuando aquello que construiste con tanta ilusión deja de avanzar como esperabas?
Porque emprender no siempre es crecer. A veces es resistir, ajustar, equivocarse y volver a calcular. Hay temporadas en las que las oportunidades llegan, los clientes confían y las ideas encuentran su lugar; otras, en cambio, las cuentas no cuadran, las decisiones pesan y el futuro parece menos claro de lo que imaginábamos. En ese recorrido hubo momentos en los que dudé si debía continuar, si tenía sentido seguir invirtiendo energía en mi proyecto o si había llegado el momento de tomar otro camino. Y reconocerlo no fue sencillo. Cuando has dedicado tanto de ti a construir algo, pensar en detenerte se siente como cuestionar no solo tu negocio, sino también tu capacidad, tus decisiones y la versión de ti misma que soñó con hacerlo realidad.
Creo que de esto hablamos muy poco cuando contamos historias de emprendimiento, especialmente las de mujeres. Nos encanta compartir los casos de éxito, las fotografías de inauguraciones, los reconocimientos y las cifras de crecimiento. Celebramos a quienes se atrevieron a comenzar, pero rara vez preguntamos qué pasó cuando las cosas dejaron de funcionar. ¿Cuántas noches de preocupación hay detrás de una empresaria que sonríe en una reunión? ¿Cuántas veces ha tenido que revisar sus números, contener el miedo y encontrar respuestas mientras intenta transmitir seguridad a su equipo, sus clientes o su familia?
Existe un fracaso que no siempre se ve, porque muchas aprendimos a guardar las dificultades y a seguir adelante como si reconocerlas nos hiciera menos capaces.
Para las mujeres, además, emprender puede implicar una carga que va más allá de sostener un negocio. A las expectativas profesionales se suman, en muchos casos, las responsabilidades familiares, las presiones económicas y la necesidad de demostrar constantemente que podemos ocupar el lugar que hemos decidido conquistar. Cuando un proyecto no funciona, es fácil convertir una dificultad empresarial en una sentencia personal.
Dejamos de decir «esta estrategia no dio resultado» y comenzamos a pensar «no soy suficientemente buena». Confundimos los resultados de una empresa con nuestro valor como mujeres. Y ahí está una de las trampas más dolorosas del fracaso: permitir que lo que ocurrió con nuestro negocio determine lo que creemos que somos capaces de hacer con nuestra vida.
Con el tiempo he comprendido que una empresa puede atravesar dificultades sin que eso signifique que su fundadora haya fracasado como persona. Un negocio depende de decisiones, recursos, condiciones del mercado, clientes, equipos y circunstancias que no siempre podemos controlar. Eso no nos exime de reconocer nuestros errores. Al contrario, nos obliga a mirarlos con honestidad. Quizá no calculamos bien los costos, crecimos antes de estar preparadas, aceptamos compromisos que no podíamos sostener o tardamos demasiado en cambiar una estrategia. Reconocerlo duele, pero es distinto asumir responsabilidad que vivir castigándonos.
La primera nos permite aprender y actuar; la segunda nos mantiene atrapadas en una historia que ya no podemos cambiar.
¿Y cómo se vuelve a levantar una mujer cuando aquello por lo que ha trabajado tanto comienza a derrumbarse? No tengo una fórmula mágica, pero sí creo que el primer paso es dejar de huir de la realidad. Hay que sentarse frente a los números, revisar las deudas, identificar qué está funcionando y qué no, hablar con honestidad con las personas involucradas y tomar decisiones, aunque algunas impliquen renunciar a lo que habíamos imaginado. A veces habrá que reinventar el modelo de negocio; otras, reducir costos, buscar asesoría, renegociar compromisos o cerrar una etapa. Cerrar también puede ser una decisión responsable. La perseverancia no consiste en sostener algo a cualquier precio, sino en reconocer cuándo vale la pena insistir y cuándo es necesario cambiar de dirección.
El segundo paso es recuperar la confianza sin confundirla con la urgencia de demostrar algo. Después de una caída, muchas veces queremos volver a empezar inmediatamente, como si el siguiente proyecto tuviera que probar que seguimos siendo capaces. Pero no necesitamos tomar decisiones desde la desesperación. Podemos detenernos, aprender, reconstruir nuestras finanzas, aceptar un empleo, estudiar, buscar nuevas alianzas o comenzar con una idea más pequeña. Antes de volver a invertir, debemos preguntarnos qué aprendimos, qué haríamos diferente, qué necesita realmente el mercado y cuánto estamos dispuestas a arriesgar.
Empezar de nuevo no significa repetir la historia; significa utilizar lo aprendido para escribirla de otra manera. También necesitamos aprender a pedir ayuda. Durante mucho tiempo, la imagen de la mujer emprendedora fuerte ha estado asociada a la capacidad de resolverlo todo, sostener a todos y no mostrar debilidad. Pero nadie construye una empresa desde el conocimiento absoluto ni debería enfrentar sola todas sus dificultades. Hablar con otras empresarias, buscar mentores, acudir a redes de apoyo y rodearse de profesionales que puedan ayudarnos a tomar decisiones es parte de una gestión responsable. A veces, una conversación nos permite identificar una salida; otras, simplemente nos recuerda que no somos las únicas que han sentido miedo, que han cometido errores o que han tenido que comenzar otra vez.
Hay algo más que considero importante: no estamos obligadas a volver a emprender para demostrar que somos valientes. Quizá nuestro siguiente paso sea construir otra empresa; quizá sea trabajar para alguien más, priorizar nuestra estabilidad económica o descubrir una vocación diferente. No hay menos mérito en elegir la tranquilidad después de años de incertidumbre, ni menos capacidad en reconocer que queremos una vida distinta.
El éxito no puede convertirse en otra exigencia que nos impida vivir. Nuestra identidad es mucho más amplia que el negocio que fundamos, y nuestra experiencia conserva su valor incluso cuando los resultados no fueron los esperados.
Cuando pienso en aquella niña de cinco años que le cobraba a su mamá Milagro por hacer limpieza, en la adolescente que vendía en la universidad y en la mujer que decidió abrir su agencia de comunicaciones y relaciones públicas a los 30 años, reconozco algo que ninguna dificultad ha podido borrar: las ganas de crear, de encontrar oportunidades y de construir. Hoy sé que ser soñadora no significa creer que todo saldrá bien; significa conservar la capacidad de imaginar posibilidades incluso después de descubrir que el camino puede ser mucho más difícil de lo que pensábamos. No quiero romantizar las caídas, porque fracasar tiene consecuencias reales y hay pérdidas que no se resuelven con una frase inspiradora. Pero tampoco quiero permitir que esas consecuencias tengan la última palabra sobre quién soy o sobre lo que todavía puedo hacer.
Por eso, si algo quisiera compartir con las mujeres que hoy atraviesan una crisis empresarial, es que no tienen que convertir su dolor en una historia de éxito de inmediato. Primero pueden reconocer lo que perdieron, aceptar lo que salió mal y darse permiso para sentir incertidumbre.
Después podrán revisar sus decisiones, buscar apoyo y elegir el siguiente paso con mayor claridad. Quizá no volverán al mismo lugar, ni recuperarán exactamente lo que tenían, pero podrán construir desde lo aprendido, con nuevas herramientas y una perspectiva distinta.
Emprender requiere valentía para comenzar, pero también madurez para corregir, humildad para pedir ayuda y sabiduría para saber cuándo detenerse. Porque el fracaso puede cambiar nuestros planes, poner a prueba nuestras certezas y obligarnos a reconstruirnos, pero no tiene por qué definir nuestro destino. A veces, la verdadera medida de una emprendedora no está en cuántas veces logró crecer, sino en la capacidad de mirarse de frente, aprender de lo vivido y decidir, con libertad y dignidad, qué quiere construir a continuación.
*Amanda Rodas, emprendedora y consultora de comunicaciones
