José Gabriel Ruiz, más conocido como Chepe Ruiz, es un salvadoreño que recorre diferentes partes del mundo que partió desde Holanda, pasó por varios países de Europa y Asia, voló hacia América, y retornó a África, en donde cruzó parte del desierto de Sahara.
Aunque las vicisitudes de este desafiante viaje lo ha llevado a cambiar varias veces de ruta y de planes, el salvadoreño va mostrando en sus redes sociales la liviandad de su vida. “Viajar en bicicleta me parece buen método para disminuir el consumo innecesario”, dice.
El salvadoreño, originario de Ahuachapán, comparte parte de sus escritos con los lectores de Diario El Mundo, contando su paso por Venezuela antes de viajar a África.
La visa
Desde que se hizo la lista de países que estarían en la ruta de “la vuelta al mundo en bicicleta”, ya estaba Venezuela.
Porque está en la línea que conecta con el norte de Brasil, donde hay puertos con barcos que zarpan hacia África, y porque es un país de gran interés geopolítico a nivel mundial.
Pero ya sabía que a los salvadoreños se les exige visa para ingresar a Venezuela y que las relaciones diplomáticas de ambos países estaban rotas.
Sin embargo, esto no me apagó la ilusión de intentarlo. Después de cinco días en un velero desde Panamá, logré llegar a Cartagena, Colombia.

Y al día siguiente me fui para el consulado de Venezuela, donde, para mi sorpresa, fui bien recibido. Les comenté el motivo de mi interés por entrar a su país y les mostré el proyecto del viaje alrededor del mundo en bicicleta.
Me entregaron un formulario de requisitos y, al día siguiente, fui informado de que me habían aprobado la visa.
Me estaba quedando en un hostal cerca del centro de Cartagena, donde cada día llegaban turistas internacionales.
Una noche, mientras cocinaba la cena, se me acercó una señora y me preguntó de dónde era. Al responder, la noté muy interesada en los asuntos internos que se muestran en los medios digitales. Luego, a la conversación se sumó su esposo. Cuando me dijeron que eran venezolanos, les conté que estaba contento de ir a conocer su país, pero de inmediato me advirtieron que no fuera, que no era el momento y que peligraba mi vida.
Pero, en lugar de sentir miedo y desistir, me interesé más por ir, porque así soy.
Un aficionado a los desafíos.
Pero a los pocos días vi en las noticias un operativo de fuerzas especiales de los Estados Unidos, lo que me puso un poco alerta, aunque ya estaba decidido a intentarlo.
En mi recorrido hacia Barranquilla, Santa Marta y Cúcuta, cuando alguien me preguntaba hacia dónde iba en la bicicleta, yo siempre respondía:
—Voy para Venezuela.
Y todo el mundo me dijo que no fuera, excepto una muchacha que vendía café en la calle. Ella me dijo que era venezolana y que su madre estaba allá. Me dio su número de WhatsApp y me dijo que, cuando entrara, le escribiera.
El día que llegué a la frontera presenté mi pasaporte con la visa y el agente de migración lo vio con asombro y me preguntó:
—¿Para qué quiere entrar un salvadoreño a Venezuela?
—Porque estoy recorriendo el mundo en bicicleta —le respondí— y desde hace años quiero conocer su país. He visto fotos muy lindas.
Luego me preguntó si tenía la carta de invitación.
Yo no había encontrado nada de información acerca de una carta de invitación. Lo único que podía hacer era llamarle a la madre de la muchacha que vendía café.
Por suerte me respondió de inmediato y, a las dos horas, ya tenía un correo electrónico con la carta de invitación.
La imprimí y volví a la frontera. A eso de las cinco de la tarde entré a Venezuela bajo una tormenta, pero no me importaba mojarme. Estaba feliz de seguir mi viaje y conocer un nuevo país.

EL RECORRIDO
Desperté temprano y muy emocionado de estar en Venezuela. Sujeté las alforjas en la bicicleta y me fui pedaleando sobre un asfalto agrietado y lleno de baches. Los pocos autos que circulaban eran de los años 60, 70 y 80: Ford, Chevrolet y GMC, la mayoría pickup.
Comencé a notar la escasez de productos en los pocos almacenes que podía ver; las calles y casas me transmitían un ambiente de deterioro y abandono.
Pero los rostros de las personas que me veían pasar estaban sonriendo y saludando.
Me detenía a leer los murales que resaltaban los valores de la revolución bolivariana. Luego, más adelante, tuve que detenerme en mi primer retén militar, donde me revisaron cada cosa que traía y tuve que responder por cada objeto, explicar una y otra vez el motivo de mi viaje, mostrar mis fotos en Facebook y dejar que me tomaran una foto con mi pasaporte, algo que se repetiría durante toda la ruta, en la entrada y salida de cada pueblo.
Una tarde, sin saberlo, llegué a un pueblito colonial muy bonito y sin turistas, algo impensable en otros países.
Y de la nada salió Gonzalo, un chico maravilloso, a decirme que su casa estaba disponible para cenar y dormir. Esa noche tuve mi primer encuentro con esos venezolanos que no huyeron y nunca lo harán, porque aman profundamente a su familia y a su país.
De ahí en adelante empecé a notar la cordialidad de todos y, en la carretera, escuché a mucha gente gritando desde sus autos, motocicletas o mientras caminaban:
—¡Bienvenido a Venezuela!
Al verme pasar, lo que me fue dando una gran sensación de empatía hacia ellos y alegría de estar aquí.
En cada pueblo donde pasaba a comer o dormir, me pedían tomarse una foto conmigo y muchas veces regresaban con comida, agua, abrazos y bendiciones para mi vida.

Un chico publicó en TikTok una entrevista que me hizo mientras subía una montaña y, al bajar, ya muchos me conocían y se tomaban fotos con la bicicleta. Fue la primera vez que me sentía como una celebridad, jaja.
En el parque de Coloncito conocí a Wickelman Silva, un señor que coordina una red de apoyo a ciclistas extranjeros para que realicen la ruta nacional seguros y facilitarles alojamiento.
Yeli, una chica ciclista que me sigue por Facebook, me escribió. Al otro día nos vimos en un parque y me dio el abrazo del año. Hablamos de la incertidumbre y las expectativas de la gente y reímos del ridículo que hacen los políticos que piensan que pueden convencer a los ciclistas de almas libres.

Y luego, al llegar al llano, la tranquilidad flotaba en el entorno. Los búfalos se volteaban para ver pasar la bicicleta con una banderita de El Salvador.
Los pajaritos eran mi despertador de cada mañana; los ibis rojos dibujaban una sonrisa en mi cara mientras iba oyendo los joropos más populares. Cada día conocía nuevos amigos, se hacía grande mi familia y el horizonte rojizo me decía:
—Buenas noches, viajero lejano; descansa, que mañana hay otros que esperan conocerte.
Y mis lágrimas mojaban mi camisa.
Mientras pedaleo voy meditando en mi interior y ahora entiendo por qué muchos no querían que viniera a Venezuela.
Desde adentro se puede ver otra realidad. Reconozco que la situación del país no está bien, pero tampoco está tan mal como nos cuentan los medios allá afuera. No querían que conociera a los campesinos que cada día se levantan a sembrar esperanza con su trabajo; a los pescadores que atrapan la confianza de que este país es muy rico; a los camioneros que empujan el futuro con la fe de que mañana estarán mejor que hoy; ni que jugara con los niños que pintan de color la vida con sus risas, las mujeres hermosas que hacen olvidar el dolor de la existencia con sus bailes de carnaval y las madres que cada noche encienden la hoguera de la esperanza.

También entiendo a los venezolanos que se fueron desamorados de su país, porque muchos perdieron un empleo, el confort o un estilo de vida caro, y porque muchos tienen la misma idea de resaltar los errores políticos para lograr una residencia como refugiados en muchas ciudades del mundo.
Pero no importa lo mucho que se pueda ganar afuera, siempre estarán extrañando las playas paradisíacas, los nevados andinos, los llanos generosos y la pureza de la madre selva, que solo están aquí, en Venezuela.
LA SALIDA
Llegué a la selva sin saber lo que vendría.
El plan original era llegar pedaleando a la frontera con Brasil por tierra, atravesando la selva amazónica.
Los trayectos se hicieron más desolados y con vientos calurosos; solo se podían ver algunas chozas de comunidades indígenas.
Hasta que se terminó la carretera en un puerto donde está el último punto de migración. Ahí existe un límite invisible para los ciclistas.
La fuerza de seguridad no permitirá que un extranjero ponga en riesgo su vida transitando por los caminos de tierra que se convierten en veredas y llegan a ríos sin puentes, vulnerable a ser secuestrado, porque toda esta zona de la selva venezolana está asediada por grupos criminales.
Guerrillas, grupos clandestinos e incluso indígenas armados de diversas etnias están en constantes enfrentamientos por controlar las minas de oro, debido a la gran demanda del mineral en los últimos años.
Migración solo sella la salida si tiene la seguridad de que el turista cruza el río Orinoco y entra a Colombia.
Sin otras opciones, tuve que subir la bicicleta a una lancha y salir triste de Venezuela, el país que todos me dijeron que no visitara. Y tenían razón, porque ya no me quiero ir. Pero me llevo las imágenes de las manos saludándome, las miradas curiosas de los niños y las bendiciones de las viejitas del camino… me llevo las ganas de volver.
Después de tres horas navegando sobre el río Orinoco, llegué a Inírida, una ciudad arrinconada en plena selva colombiana. Entré a la oficina de migración empapado por la lluvia tropical y temblando de frío por el aire acondicionado. Esa tarde fui informado de que las inundaciones derrumbaron el puente de un río de la ruta terrestre y que la única forma de salir de ahí era por aire.
Frustrado y un tanto resignado, acepté que me sellaran el pasaporte y, a la mañana siguiente, a las 6:00 a.m., estaba ahí viendo cómo podía hacer que la bicicleta me llevara volando.
Lo único bueno es que el avión era un Douglas DC-3 de 90 años de edad.
Fue fabricado en los Estados Unidos para la Segunda Guerra Mundial. Según me enteré, se fabricaron un total de 16,000 para el ejército y solamente 60 para pasajeros.
En la actualidad, el avión que me llevaría a la frontera con Brasil es el único en el mundo que sigue funcionando para transportar pasajeros.
La otra sorpresa fue que, de los siete que íbamos a bordo, uno era fotógrafo y otro era Max Bearak, un periodista de The New York Times, quien escribía un artículo sobre dicho avión y se mostró muy interesado en el proyecto del viaje en bicicleta. Al llegar al destino intercambiamos contactos y el fotógrafo dijo que estuviera pendiente, porque podrían publicar alguna foto de la bicicleta dentro del avión.
Ahora estoy en São Gabriel da Cachoeira, investigando cómo llegar a Manaos.
