Todo fue confuso y nadie pareció ver de dónde vino el disparo. Al desplomarse, hubo exclamaciones y gritos. La bala penetró al nivel de la cuarta costilla y no presentaba orificio de salida.
"Cuando entramos a la Iglesia, el arzobispo se mostraba alegre y locuaz”, declaró la señora Consuelo de González, quien había asistido a la misa que Romero celebraba la misa por la señora Sara Meardi de Pinto, en el primer aniversario de su muerte. "Platicaba con toda la gente, pero había algo raro en él que nunca había visto, se diría que presentía lo que iba a ocurrirle”, agregó González, según recogió la edición de Diario El Mundo del 25 de marzo de 1980.
La señora, que asistía a la última misa oficiada por Romero, dijo que él estaba en el momento de la consagración cuando "se vieron luces y casi inmediatamente se oyó una gran detonación, cayendo el arzobispo mortalmente herido”.
"Me eché al suelo junto a otras personas”, relató. (Monseñor Romero echaba sangre por boca y nariz. La madre Juanita mantuvo su cabeza entre su regazo y retiró la estola de su cuello”. Consuelo de González, testigo del asesinato. El prelado fue llevado de inmediato a la Policlínica Salvadoreña pero falleció en el camino. "Todo fue tan sorpresivo. De repente lo vimos caer, se escuchó una pequeña detonación”, relató una religiosa.
La portada de Diario El Mundo el 25 de marzo de 1980./DEM

"Murió por nosotros”
Aquella noche, inmediatamente se conoció la noticia, el transporte público mermó, los restaurantes cerraron.
La Fuerza Armada empezó a patrullar las calles. La madrugada del martes 25 estallaron bombas en San Salvador, en edificios de empresas financieras, causando destrozos y alarma. También estallaron bombas en San Miguel y Santa Ana.
El cadáver de monseñor Romero fue trasladado el miércoles de la Basílica del Sagrado Corazón a la Catedral, en una impresionante procesión de duelo y silencio. El cuerpo de monseñor Romero sería sepultado el domingo siguiente. Los funerales del arzobispo también desataron una matanza sin precedentes y aún se rememora la montaña de zapatos que quedaron en la plaza Cívica tras una estampida.
Su última homilía
El domingo anterior, Romero había hecho un dramático llamado para cesar la violencia, con una frase que ha resonado por más de cuatro décadas entre los salvadoreños en contextos de violencia, actos arbitrarios y abusos de poder:"En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.
San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez,
Arzobispo de San Salvador.
El papa Juan Pablo II: "dolor y aflicción”
El entonces papa Juan Pablo II manifestó, al conocer la noticia, que su ánimo "estaba traspasado de dolor y aflicción”, por el hecho.
"No puedo menos que expresar mi más profunda reprobación de pastor universal ante este crimen execrable que flagela la dignidad de la persona, hiere en lo más hondo la conciencia de comunión eclesial y de quienes abrigan sentimientos de fraternidad humana”, dijo el pontífice ante el crimen.
Cuatro décadas de impunidad
El asesinato de monseñor Romero fue incluido en el Informe de la Verdad y fue adjudicado a los escuadrones de la muerte. La comisión de la Verdad concluyó que el asesinato fue ordenado por el exmayor de la Fuerza Armada y posterior fundador del partido ARENA, Roberto d'Aubuisson y los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ávila participaron en su ejecución.
Amado Garay fue el motorista encargado de llevar al tirador y retirarlo de la capilla Divina Providencia en un Volkswagen; y el Walter Antonio "Musa" Álvarez y el excapitán Saravia cancelaron los honorarios al autor material.
En el año 2000 la Comisión Interamericana encontró culpable al Estado salvadoreño de la violación de derechos humanos en perjuicio de los familiares del arzobispo y determinó que se debía investigar, enjuiciar a los responsables y reparar las violaciones.
El caso fue reabierto el 12 de marzo del 2017 en el Juzgado Cuarto de Instrucción, donde el principal acusado es Saravia, como autor del asesinato.
Saravia vive escondido en Estados Unidos, según reveló una publicación del periódico digital El Faro el pasado 22 de marzo del 2010, cuando relató su participación y la de otras personas en la “Operación Piña”.
Este año, organizaciones denunciaron que el caso guarda silencio desde el año 2017, donde ni el juzgado ni la Fiscalía han hecho diligencias.