Pero ¿qué era en realidad la acción del golpe de Estado del 15 de octubre? ¿Un ‘autogolpe’ como de manera excesiva lo calificó de inmediato, en tono intempestivo, la organización guerrillera más nutrida en ese momento, las FPL? ¿Podía pensarse que todo era un show? ¿O era un plan norteamericano para anular a lo que por aquel entonces se llamaba de modo genérico el ‘proyecto revolucionario’? ¿O era un esfuerzo en solitario de algunos oficiales jóvenes que buscaban sacar solo del entrampamiento al país? Lo cierto es que esas líneas de interpretación eran tributarias de perspectivas analíticas de corto alcance y de escasa profundidad.
Cierto margen de desconcierto reinó dentro de las fuerzas insurgentes, y la respuesta del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) lo corrobora. Esta organización guerrillera quizá sin ponderar bien lo que estaba aconteciendo, se lanzó a la periferia de San Salvador (Mejicanos, Ayutuxtepeque y San Macos) e intentó desencadenar ‘insurrecciones locales’, pero el resultado fue adverso. Esta tentativa del ERP no impactó en el imaginario colectivo ni fue secundada por otras instancias.
El golpe de Estado del 15 de octubre fue una auténtica ‘mirum’, es decir, una sorpresa emergente al filo del despeñadero. Por eso es que quizás es mejor plantearla como una solución intermedia, solo que con unos endebles fundamentos y estructurada de forma apresurada y sin las interlocuciones necesarias.
El grupo conspirativo (compuesto por oficiales jóvenes del Ejército y civiles más o menos fogueados en las lides políticas) no eran inconscientes y sabían que al modificar el tablero del poder político operativo (tomando el control del Estado) las reacciones que habría vendrían de todos lados. Pero quizá confiaban en la propuesta reformista que habían esbozado y también en las interlocuciones buscadas. Y quizá la comunicación franca entablada con el arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, constituía un pequeño blindaje de credibilidad y de legitimidad. Y, en segundo lugar, la mesa abierta con Ignacio Ellacuría (y el aparato intelectual que la universidad jesuita comportaba) le daba aire y soltura a la propuesta reformista que los golpistas encarnarían.
Es claro que el camino hacia el golpe de Estado del 16 de octubre no comenzó el 1 de octubre, es muy probable que a mediados de año (junio o julio), coincidente con la visita de dos funcionarios norteamericanos de alto rango (Viron Vaky) y William Bowlder) ―que se aproximaron al presidente militar para mostrarle el desacuerdo de la Administración Carter con la gestión que llevaba a cabo en tanto que estaba salpicada de represión―, la concreción del golpe se hizo patente. Si el gobierno norteamericano, soporte clave de ese gobierno militar, marcaba distancia, quería decir que una grieta se había abierto.
Pero también sucedió que el 19 de julio de 1979 el régimen somocista se derrumbó y el escenario centroamericano se alteró. El gobierno de reconstrucción nacional aupado por el FSLN, fuerza político-militar e insurreccional victoriosa, inauguraba una nueva fase de la vida en Nicaragua y mostraba que eso era posible en Centroamérica.
Es decir, era propicio el cuadro centroamericano para que la iniciativa reformista avanzara, por eso es que la noción de solución intermedia resulta más adecuada para la caracterización de lo que al final emergió el 15 de octubre. Intermedia no porque estuviera equidistante de los extremos (aunque algo de eso podría entenderse) sino más bien porque daba un compás de espera para reordenar la escena política, eliminar la represión, aquietar un poco la insubordinación de las fuerzas populares organizadas y adelantar líneas de lo que sería un amplio proyecto de reformas sociales.
Los pasos hacia la materialización del golpe de Estado no fueron a ciegas. Tres hechos, podría decirse, que lo documentan: 1) la conformación, en septiembre, del Foro Popular, una suerte de alianza política opositora no-electoral a la que acudieron los partidos políticos ‘progresistas’, FENASTRAS y algunas de las llamadas organizaciones de masas; es decir, un primer gran paso de convergencia política, puesto que su documento de constitución es de hecho su plataforma programática; 2) del mes de septiembre es también el extenso documento (‘Una salida democrática a la crisis salvadoreña’) calzado por el Consejo Superior Universitario de la universidad jesuita y donde la mano y la mente de Ignacio Ellacuría es evidente, y no se trata de un pronunciamiento sino un material de elaboración meditada donde se involucraron varios especialistas porque se proponía un horizonte para el país y 3) también de septiembre es la cuarta Carta Pastoral del arzobispo de San Salvador que llevaba por título ‘Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país’.
¡Y el golpe de Estado fue el 15 de octubre!
