Un adiós que nos invita a pensar
Hace unos días leí una noticia que me produjo una profunda tristeza. Después de más de ciento treinta años de servicio, una de las librerías más emblemáticas de Costa Rica anunció el cierre definitivo de sus puertas.
No desaparece únicamente un negocio. Desaparece un lugar donde miles de personas descubrieron el placer de leer, compraron su primer libro, prepararon sus estudios o encontraron esa obra que les cambió la vida.
Confieso que, al leer la noticia, pensé que una librería nunca debería cerrar. Porque cuando una librería baja su cortina, no solo se apagan las luces de un local comercial; también se apaga una parte de la memoria cultural de un pueblo.
Mucho más que una tienda
Durante más de un siglo, la Librería Lehmann fue un punto de encuentro para estudiantes, maestros, profesionales, familias y lectores de varias generaciones. Allí llegaron niños que compraban sus primeros cuadernos escolares y, años después, regresaban convertidos en profesionales buscando libros especializados.
Muchos padres llevaron de la mano a sus hijos. Más tarde, esos mismos hijos hicieron lo mismo con sus propios niños. Los propietarios explicaron que los cambios en los hábitos de consumo, los nuevos modelos educativos y las transformaciones del mercado editorial hicieron imposible continuar.
Nadie puede negar que los tiempos cambian. Pero esa explicación también nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Estamos dejando de leer o simplemente estamos leyendo de otra manera?
La lectura sigue siendo necesaria
Vivimos rodeados de pantallas. Cada minuto aparecen miles de publicaciones nuevas, videos breves y mensajes que desaparecen casi tan rápido como llegan. Consumimos mucha información. Pero información no siempre significa conocimiento. Mucha menos sabiduría.
Los libros siguen ofreciendo algo que las prisas de nuestro tiempo casi nunca permiten: detenernos para pensar. Leer una novela, una biografía o un ensayo exige tiempo, atención y paciencia. Precisamente por eso transforma a las personas.
Nunca he creído que el problema sea la tecnología. El verdadero desafío consiste en no permitir que la velocidad sustituya la profundidad.
Los libros también construyen países
Mientras leía la despedida de aquella histórica librería costarricense, hubo una frase que me conmovió especialmente. Sus propietarios recordaban que, durante décadas, fueron testigos de generaciones de estudiantes, docentes y lectores que encontraron en los libros una herramienta para construir un mejor país.
Esa frase merece ser recordada. Los países no se desarrollan únicamente con carreteras, edificios o tecnología. También crecen cuando sus ciudadanos leen. Porque quien lee comprende mejor. Dialoga mejor. Respeta más. Piensa con mayor libertad.
Y toma decisiones con más criterio. Como Alfredo, llevo muchos años convencido de que la lectura sigue siendo una de las inversiones más valiosas que una persona puede hacer para su propia vida.
Que esto no nos ocurra
La noticia de Costa Rica también debe servirnos como una oportunidad para reflexionar en El Salvador. Tenemos excelentes escritores, editoriales, bibliotecas, librerías y promotores culturales que trabajan cada día para mantener viva la pasión por los libros.
Todos ellos merecen nuestro reconocimiento y nuestro apoyo. Cada libro que compramos, cada visita que hacemos a una librería, cada feria del libro a la que asistimos y cada niño al que regalamos un cuento son pequeñas acciones que ayudan a fortalecer nuestra cultura.
No podemos dar por sentado que estos espacios existirán para siempre. Necesitan lectores. Necesitan familias que valoren la lectura. Necesitan jóvenes que descubran el placer de abrir un libro.
Llega a mi memoria el pensamiento del sabio poeta y escritor peruano Cesar Vallejo: “Saber más, leer más, es ser más libre”. Esa verdad es ahora tan urgente que se impone por sí misma.
Una librería es mucho más que estantes
Siempre me ha gustado entrar a una librería sin prisa. Caminar entre los estantes. Leer títulos. Abrir un libro al azar. Descubrir autores nuevos. A veces uno entra buscando un libro y sale con una idea que cambia la manera de mirar la vida. Eso difícilmente puede medirse con cifras.
Las librerías también son lugares donde nacen sueños. Quizá allí un niño descubre que quiere ser escritor. Quizá un estudiante encuentra el libro que orientará toda su profesión. Quizá un abuelo compra el cuento que leerá a sus nietos antes de dormir. Las librerías guardan historias incluso antes de que los libros sean abiertos.
El futuro todavía puede escribirse
No quiero que esta noticia sea leída únicamente con nostalgia. Prefiero verla como una invitación. Todavía estamos a tiempo de fortalecer el hábito de la lectura. Podemos visitar más librerías. Regalar libros. Leer en familia. Comentar nuestras lecturas. Compartir con otros aquello que un libro nos enseñó.
Los formatos cambian. Los libros digitales y los audiolibros seguirán creciendo. Eso es positivo. Pero el amor por la lectura depende, sobre todo, de una decisión personal. Mientras existan personas dispuestas a abrir un libro con curiosidad, la cultura seguirá respirando.
Epílogo
El cierre de una librería nunca debería alegrarnos. Al contrario, debería recordarnos el enorme valor que tienen los libros en la construcción de una sociedad más humana, más crítica y más libre.
Cada lector que nace mantiene viva una biblioteca. Cada niño que descubre el placer de leer abre una puerta hacia un futuro distinto. Y cada libro que pasa de unas manos a otras demuestra que las buenas historias nunca dejan de caminar. Como dice el libro de Proverbios: «Compra la verdad, y no la vendas; adquiere sabiduría, enseñanza e inteligencia.» (Proverbios 23:23).
Los libros siguen siendo uno de los caminos más seguros para adquirir esa sabiduría. Ojalá nunca permitamos que el silencio ocupe el lugar donde antes hablaban las páginas.
* Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
alfredocaballero.consultor@gmail.com
