Los hogares donde algún integrante presenta un trastorno por juego tienen 30 veces más probabilidades de registrar conductas suicidas, según un estudio elaborado por investigadoras de la Universidad de Zaragoza, en España, que advierte sobre las consecuencias familiares de esta adicción.

La investigación fue desarrollada por las profesoras Rosa Aísa, Patricia Gascón y Gemma Larramona, del Departamento de Análisis Económico de la Facultad de Economía y Empresa, a partir de datos representativos de más de 18,000 hogares españoles incluidos en la Encuesta nacional FOESSA.

El análisis determinó que alrededor del 1 % de las familias sin problemas de adicción al juego reporta conductas suicidas, mientras que la proporción aumenta hasta el 34 % cuando algún integrante del hogar presenta un trastorno relacionado con el juego.

Larramona explicó que el estudio fue planteado «a nivel familiar en lugar de a nivel individual» y señaló dos vías principales que explicarían esta relación. Una corresponde a «el deterioro financiero» provocado por la adicción y otra a sus efectos sobre «el bienestar psicológico y de las relaciones que se establecen en la familia».

Las pérdidas de confianza, tensiones y dinámicas familiares negativas también aparecen como elementos de vulnerabilidad. A esto se suma el estrés económico: las familias con dificultades para llegar a fin de mes presentan «tres veces más probabilidad» de registrar conductas suicidas, según la investigadora.

El estudio identificó otros factores asociados, como hombres que viven solos, convivencia de distintos núcleos familiares, hacinamiento, abusos psicológicos, discriminación, antecedentes penales y dificultades habitacionales. Casi el 20 % de los hogares con una tentativa de suicidio había tenido algún integrante durmiendo en la calle, un albergue o un hostal.

Además, el 40 % de los hogares donde se registraron tentativas de suicidio había sufrido abusos psicológicos, discriminación o contaba con algún integrante con problemas de salud mental, lo que, según el estudio, evidencia la existencia de diferentes vulnerabilidades que pueden coincidir dentro de una misma familia.

Larramona defendió que la prevención también debe abordarse «a nivel familiar» mediante la coordinación de servicios sociales, atención psicológica y tratamientos específicos contra la adicción al juego. «Tiene que ser un abordaje multidisciplinar», resumió. La investigación propone considerar el trastorno por juego como un problema de salud pública y mejorar la detección temprana de situaciones de sufrimiento dentro de los hogares.