En los últimos días, tanto el presidente Salvador Sánchez Cerén como la oposición arenera y la principal gremial empresarial, se han referido al diálogo desde posiciones marcadas por profundas diferencias.

Es normal que existan esas diferencias y precisamente desde ahí se parte en un diálogo. Sobre la mesa, las partes plantean sus puntos de vista y se buscan puntos de coincidencia que abran el camino para una solución de consenso de los graves problemas que enfrentamos. No se trata de imponer agendas ni de renunciar a las ideas y convicciones de las partes. Se trata de encontrar lo que los une, porque ya estamos claros de lo que los separa.

De manera que renunciar al diálogo o retirarse del mismo no trae consigo ningún beneficio para ninguna de las partes y mucho menos para el país.

La polarización política no ha dejado ningún beneficio, ha profundizado nuestros problemas y ha desnudado las mezquindades de una clase política cada vez más encerrada en sí misma y alejada de las necesidades más profundas de los salvadoreños.

El país necesita que todos los actores políticos bajen el tono de la confrontación, busquen una visión de nación y encuentren un camino que nos saque de la difícil situación que vivimos.