Desde entonces solo se ha encontrado el vehículo abandonado pero no hay rastros del hijo, la esposa, la suegra y del cuñado y su pareja, todos parientes de Pimentel. Según el relato del preparador, recibió una llamada de sus parientes que habían tenido un percance con una llanta y luego no se supo más de ellos.
La Policía detuvo a tres supuestos pandilleros como sospechosos de la desaparición, pero no sabemos más, si se judicializó el caso, si hay pruebas contra ellos o si solo fueron parte de esas redadas en las que no pasa nada posteriormente.
Cuando cinco personas desaparecen de esa manera, uno esperaría que la Policía, la Fiscalía y todas las autoridades de Seguridad Pública pongan sus mejores esfuerzos para descubrir lo sucedido. ¿Podemos confiar los ciudadanos comunes que están haciendo todo para investigar este caso? Deberíamos exigirlo porque cualquiera de nosotros puede sufrir una situación así.
Tristemente este es el tipo de historias que se repiten cada cierto tiempo. Vivimos en un país sumamente inseguro donde estas cosas pueden suceder cuando uno menos se lo espera. Esta inseguridad no tiene que ver con estadísticas ni planes de Gobierno, es la cruda realidad que sufrimos en este país.
Al otro extremo del país, la semana pasada, dos adolescentes de 16 y 14 años, fueron sacadas de la casa donde vivían con su familia y asesinadas en Chilanga, Morazán. Los cuerpos fueron encontrados minutos después en una cancha de fútbol cercana. El Salvador está lejos de ser seguro y la situación es para tomarla en serio.
