Incluso en las filas guerrilleras ―y años después eso continuó― anidó la idea de que había fallado esa ofensiva y algunos más se atrevieron a decir, soto voce, que todo había sido un desastre. Sin duda, esta percepción se asentaba no en los resultados obtenidos sino en las expectativas maximalistas de las que partieron el 10 de enero.

Si en un primer momento se anunció el asunto como ‘ofensiva final’ y no hubo resolución estratégica ni quiebre general del dispositivo militar adversario, pues la Junta Revolucionaria de Gobierno (tal era su equívoco nombre) salió al cruce y afirmó que la ofensiva guerrillera no había logrado su propósito. Y era cierto, el salto adelante y sin red que las fuerzas guerrilleras emprendieron no había cerrado un capítulo político, sino que había abierto la posibilidad de la generalización de la guerra. Algo que estaba entre los cálculos, pero para lo que sus núcleos dirigentes no habían sabido elaborar un planteamiento más o menos digerible. Porque no se trataba de la idea ya afincada de lo prolongado, sino de que el tipo de ofensiva puesta en escena, al no poder lograr los objetivos de corto plazo que se impusieron, quizá por imprecisión analítica, propiciaba un escenario de guerra generalizada.

Sin embargo, es necesario apuntar que la ofensiva insurgente del 10 de enero fue un entramado con varios filones más o menos autónomos entre sí. Sí, la insurrección no pudo despegar (como sí fue el pivote de lo acontecido entre 1978 y 1979 en Nicaragua), pero no porque no hubiese un ‘animo de insubordinación social’, sino porque la concepción etérea y desactualizada del movimiento guerrillero de hecho la paralizó desde su mismo diseño.

Falló la insurrección porque se organizó mal y no se calibraron ni canalizaron bien los ánimos políticos, pero la ofensiva en otros ámbitos les permitió a las fuerzas guerrilleras pasar a otros escalones. Y es en el terreno militar donde los logros fueron más evidentes. La derrota fulminante del ejército gubernamental era una quimera o, peor, era un objetivo fuera de su alcance, dado el dispositivo diseñado y puesto en ejecución. Existe un análisis bastante juicioso sobre ello escrito por Ignacio Martín-Baró (‘La guerra civil en El Salvador’, Estudios Centroamericanos, enero-febrero 1981), donde es posible apreciar los logros y las deficiencias del accionar guerrillero a propósito de la ofensiva del 10 de enero.

Y quizás el principal logro que el movimiento guerrillero obtuvo después del lanzamiento de la ofensiva fue el control efectivo sobre diversas porciones del territorio nacional. Es cierto que ‘ya estaban allí’, en formato militar, quizá desde finales de 1979; además habría que añadir que el ‘trabajo organizativo de masas’ desde 1974 comenzó a afincarse. De ahí que zonas como el norte de Morazán, noroccidente de Chalatenango, Cerros de San Pedro en Usulután, volcán de San Vicente, cerro de Guazapa, y otros, no eran lugares improvisados de los escenarios de la generalización de la guerra después de enero de 1981.

Estas zonas que se llegaron a denominar ‘zonas de control guerrillero’ jugaron un papel decisivo para lo que vino después. Porque fueron los puntos de apoyo para muchas cosas: preparación militar del naciente ejército guerrillero, espacios para el ensayo de nuevas modalidades de trabajo político con sus bases sociales, punto de partida para nuevas expansiones (políticas y militares), instalación de improvisados hospitales de guerra, asiento de instalaciones de las radioemisoras en onda corta…

Es decir, sin la ofensiva del 10 de enero, todo eso era impensable.

Además, esa ofensiva le dio oxígeno y visibilidad al trabajo político-diplomático que las fuerzas insurgentes y sus aliados políticos desplegaron de forma intensa a partir de esa fecha con resultados notables.

Aunque la labor organizativa en las ciudades no despareció por completo, como se ha asegurado sin mucho fundamento, lo cierto es que experimentó una significativa modificación y mutación como resultado de la ofensiva del 10 de enero.

En cuanto al campo gubernamental, resultó evidente que la Fuerza Armada no estaba preparada para algo así como la ofensiva del 10 de enero y sus consecuencias. Puesto que parecía que se trataba del ‘asalto al poder’, y al no darse este porque el accionar militar guerrillero no pudo pasar de cierto nivel, pues el gobierno salvadoreño, el gobierno norteamericano y la Fuerza Armada se apresuraron a decir que había sido un fracaso. Pero un examen más cuidadoso (de la estructura, de la logística, del estilo militar, de la preparación de combate, de la concepción estratégica y de las tácticas del ejército gubernamental) revela que el dispositivo del ejército gubernamental se vio desfasado en aquel momento. ■

*Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones