Nuestra generación sufre la peor época de violencia criminal en tiempos de “paz”, de nuestra historia. El año pasado, la cifra de homicidios culminó con un récord superior a los seis mil 600 y en lo que va del año, la cifra es para afligirse.

No solo hay que ver los homicidios, las extorsiones afectan a una mayor cantidad de personas, de todos los niveles socioeconómicos del país. Desde el humilde habitante de una zona marginal que debe pagar por salir o entrar a su comunidad, hasta las grandes empresas, como demostró recientemente el caso de Agua Cristal.

El Banco Central de Reserva le puso números la semana pasada al costo de la violencia: cuatro mil millones de dólares, una cifra que duplica la de 2011, y que ahora representa un 16 por ciento del Producto Interno Bruto. Espeluznante.

El Salvador tiene embargado su desarrollo actual y futuro con la violencia criminal que sufrimos y de ahí la profunda necesidad de un compromiso de nación para acabar con este flagelo, unirnos para buscar un camino común que combata eficazmente a la criminalidad.

Los costos de la violencia, en términos humanos, son enormes, tenemos toda una generación martirizada y encima, hemos empeñado nuestros recursos para poder sobrevivir en esta guerra de baja intensidad de las pandillas.