Las cifras del Observatorio Nacional de Seguridad Vial evidencian una realidad preocupante: entre 2022 y 2024, más de 13,000 personas fueron acusadas por homicidio o lesiones culposas derivadas de accidentes de tránsito. Estas estadísticas no solo representan números fríos, sino tragedias humanas con consecuencias irreversibles para miles de familias salvadoreñas.

Si bien las autoridades reportan una disminución progresiva en la cantidad de accidentes, víctimas e imputados, la cifra sigue siendo alarmante. Durante los últimos tres años, se registraron 1,490 muertes en accidentes de tránsito catalogadas como homicidios culposos y 15,055 personas sufrieron lesiones graves. Estos datos reflejan una crisis de seguridad vial que demanda acciones urgentes y efectivas.

Es fundamental reflexionar sobre la responsabilidad al volante y las sanciones impuestas por el Código Penal salvadoreño. Si bien este establece penas de prisión de dos a cuatro años para el homicidio culposo y de seis meses a dos años para lesiones culposas, estas medidas parecen insuficientes cuando se comparan con el impacto devastador de estos incidentes. La reciente reforma legislativa que endurece las penas para casos de conducción peligrosa es un paso en la dirección correcta, pero aún queda mucho por hacer.

Más allá de la legislación, se requiere un cambio cultural que fomente una conducción responsable. Las campañas de educación vial deben reforzarse, y el cumplimiento de las normativas debe ser estricto y efectivo. Además, es clave mejorar la infraestructura vial y garantizar que las sanciones sean aplicadas sin excepciones, para que la impunidad no siga siendo un factor que aliente la irresponsabilidad.

Cada accidente de tránsito representa una historia de dolor y pérdida que pudo evitarse. Es momento de que tanto las autoridades como la sociedad en su conjunto asuman un compromiso real con la seguridad vial. Conducir con responsabilidad no es solo una obligación legal, sino un acto de respeto por la vida propia y la de los demás.