Bernardo Arévalo captó las esperanzas de los guatemaltecos y ganó contundentemente las elecciones del domingo. Bajo promesas de combate a la corrupción y una nueva primavera, Arévalo busca acabar con un ciclo de gobiernos que se han caracterizado por una forma escandalosa de manejar los bienes públicos y de atropellar las instituciones.

Pero Arévalo mismo y su partido Semilla han tenido que enfrentar esas mafias que la sociedad civil y los medios de comunicación guatemaltecos llaman “el pacto de corruptos”. Algunos incluso han advertido que hay una conspiración judicial en marcha para intentar impedir que Arévalo asuma el poder el próximo 14 de enero.

La denuncia habla de ilegalizar a su partido, instrumentando a la Fiscalía, para luego desconocer su triunfo, nombrar un presidente interino y permitir que este pacto de corruptos continúe gobernando por cuatro años más. Es un complot en ciernes, que sin duda intentará ejecutarse, pero que será muy difícil de concretarse luego del abrumador triunfo de Arévalo y del extenso reconocimiento internacional recibido.

Como si fuera poco, Arévalo tendrá un gobierno difícil, cargado de desafíos, con un congreso dominado por ese pacto y que buscará evitar que desactive todos esos mecanismos de corrupción estatal que han prevalecido en Guatemala.

Además, Arévalo debe acelerarse en cumplir las promesas de combatir la pobreza y desigualdad en un país cuya macroeconomía es la más sólida de la región, pero que su población aún tiene sufre demasiadas carencias.

Las elecciones fueron justas y transparentes y los guatemaltecos han expresado su voluntad en las urnas. Esperemos que ese pacto de corruptos entienda el mensaje y la respete.