El partido que gobernó El Salvador entre 2009 y 2019 simplemente vio desvanecer todo su apoyo debido a pésimos gobiernos y a los escándalos de corrupción que rodearon a sus expresidentes, ambos hoy protegidos por Daniel Ortega en Nicaragua.
El FMLN fue siempre equivalente a incertidumbre en El Salvador, a desconfianza. Gran parte de la población temía que si llegaban al poder, convertirían a El Salvador en otra Cuba, Venezuela o Nicaragua, por su identificación ideológica con esos regimenes, pero además por su defensa ardorosa a los mismos, pese a todos los abusos que cometen.
Una vez en el poder se dedicaron a administrar crisis, a “detener la peña” sin mayores cambios ni transformaciones, pactando con pandillas e incapaces de mejorar la economía o la seguridad. Y luego vino la corrupción y las repetidas crisis institucionales. Simplemente fracasaron en casi todo lo que emprendieron y frustraron las ilusiones de aquellos que los apoyaban.
El resultado de esta elección es el fruto de esos malos gobiernos, ya sin credibilidad y sin recursos terminaron sin diputados. ¿Se podrán renovar en pensamiento y dirigencia, además de dejar esa ideología trasnochada y fracasada que aún defiende a los Castro, a los Ortega y a Maduro? Muy difícil. Muy probable que no solo se queden sin diputados sino también sin alcaldes.