Los hay de varios partidos. Se postularon tras hacer una vida en la política y el votante les negó el continuismo que buscaban. Otros, muchos por cierto, ni siquiera se atrevieron a postularse porque sabían que sería imposible seguir como diputados y a más de alguno, sus partidos lo excluyeron de las listas por su comportamiento sumamente cuestionable tanto en lo público como en lo privado.
El ciclo terminó incluso para algunos que buscaban su segundo periodo. Los electores decidieron que ya fue suficiente.
Este es un buen momento para plantearse límites en los periodos para los diputados. Es bastante cuestionable que un diputado pase 15, 20 ó 30 años en las curules legislativas y que su aporte sea quizás anecdótico. Algunos de ellos ni siquiera se les recuerda por alguna propuesta presentada o por un brillante discurso.
Los diputados electos deben verse en ese espejo. El votante que hoy los ha premiado también los puede castigar en el futuro e ignorar su nombre y su rostro en las enormes papeletas de votación. Han llegado a un nuevo periodo como legisladores para servir al pueblo, para mejorarle su vida, para proponer y analizar leyes que favorezcan los intereses de la nación y de los ciudadanos, no de grupos particulares ni intereses personales. El elector tarda, pero no olvida, tanto para premiar como para castigar.