Durante los últimos años hemos venido escuchando las advertencias de los científicos sobre el cambio climático que se avecinaba y sus consecuencias sobre la humanidad. Muchos reaccionaron con escepticismo e incredulidad, otros han reaccionado con alarma y prudencia. Más allá de los pronósticos, el mundo ha empezado a sentir rápidamente los efectos.

La semana pasada, una autoridad climática panameña advertía que el país perderá un poco más del 2% de su territorio para 2050 debido a la elevación del nivel del mar debido al cambio climático. Es más, Panamá tiene la primera comunidad de refugiados o desplazados climáticos. Tuvieron que mover a unas 300 familias de una isla en el caribe debido a la elevación del nivel del mar.

Los refugiados climáticos seguirán apareciendo por todo el mundo. Las consecuencias de lluvias o sequías extremas se perciben cada vez más intensas.

Los observadores del clima predicen que 2023 será el año más caluroso de la historia de la humanidad, con un verano marcado por olas de calor, sequías e incendios forestales.
En El Salvador hemos tenido una temporada más cálida de lo habitual y desde el Lejano Oriente hasta el norte de África, las consecuencias de los ciclones han sido devastadoras.

El papa Francisco advertía ayer en un discurso por videoconferencia al margen de la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Es hora de trabajar juntos para detener la catástrofe ecológica antes de que sea demasiado tarde”. Si seguimos esperanzados en declaraciones líricas de Naciones Unidas o compromisos políticos internacionales que luego no se cumplen, las consecuencias serán más graves de lo que pensamos.