La implementación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (Cafta) fue una lucha cuesta arriba hace una década. El impulso de las administraciones Flores y Saca era frenado por una férrea oposición del FMLN que incluso llegó a retar el acuerdo con un recurso ante la Sala de lo Constitucional suscrito entre otros por el hoy presidente de la República y el hoy canciller.

Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces y los beneficios están a la vista. Nuestras exportaciones se han incrementado más del 40 % y el comercio bilateral un 52 %.

Y aunque el sector textil es de los más beneficiados, convirtiéndose en el décimo proveedor del país norteamericano, nuestros productos no tradicionales también han tenido un fuerte impacto, entre otros, con productos nostálgicos.

La inversión extranjera directa aumentó 94 % desde 2005, pasando de $1,358 millones a $2,640 millones en 2015, siendo los principales rubros la industria, electricidad, sector financiero y de seguros.

Por supuesto hay muchos desafíos aún, la desgravación arancelaria de los productos agrícolas estadounidenses es uno de ellos, tomando en cuenta nuestra deprimida agricultura, pero a la hora de hacer balance, la historia ha demostrado que el Cafta traería más beneficios que daños al país como se preveía hace una década.