En esencia, lo que la Fiscalía brasileña ha descubierto es un esquema oculto de desvío y lavado de dinero proveniente de Petrobras. Las principales empresas constructoras de Brasil, incluidas gigantes como Odebrecht o Camargo Corrêa, habían formado un cártel para repartirse contratos multimillonarios de Petrobras.
A cambio pagaban sobornos a directores de la petrolera y a medio centenar de políticos de diferentes agrupaciones, incluido el partido gobernante y sus aliados.
Lula es investigado por recibir beneficios ocultos de firmas constructoras.
Como toda la izquierda latinoamericana, se ha acostumbrado a acusar de “golpismo” todo aquel proceso judicial que lleve a investigaciones por la corrupción y los abusos que cometen desde el Gobierno. Así sucedió en Venezuela o Ecuador y así sucede actualmente en Brasil. Usan la defensa de la “democracia”, a pesar de que la atropellan a su antojo y buscan justificar su corrupción con falsas conspiraciones.