Colombia sufrió durante décadas los embates de la violencia criminal del narcotráfico, inmensamente rico y con un poder corruptor abrumador. Entonces los colombianos vivían bajo la zozobra, la intimidación y el conteo macabro de víctimas a diario. Mucho ha cambiado en Colombia desde que capos de la droga como Pablo Escobar, se atrevieron a atacar la Corte Suprema de Justicia o el Congreso, mandaban a asesinar policías y hasta candidatos presidenciales.

Desde la administración Uribe, de la cual el presidente Santos fue un destacado ministro, Colombia implementó lo que denominó “Seguridad Democrática”, rescataron el país de los criminales y han hecho prevalecer el Estado de Derecho.

Colombia ha resurgido de tal manera que es la tercera economía más grande de América Latina y sus empresas tienen presencia con inversiones en El Salvador, a través de bancos, aerolíneas, distribuidoras eléctricas, aseguradoras y farmacéuticas. De ahí la importancia de nuestros nexos con ese país, tan bien representado aquí por su embajador Julio Riaño.

Hay mucho que aprender de Colombia, de cómo recuperó la seguridad, de cómo ha mantenido un clima de negocios óptimo, un clima de libertades públicas e individuales admirable, de cómo su Gobierno logró el apoyo de empresarios y la ciudadanía para cambiar su problemática.