Hace un año, cuando el controvertido magnate inmobiliario, Donald Trump apareció en la palestra política anunciando su candidatura, muy poca gente lo tomó en serio dentro y fuera de los Estados Unidos. Hoy es el virtual candidato republicano y su lenguaje incendiario, a ratos ambiguo y contradictorio pero marcado de confrontación, xenofobia y racismo, parece ser el reflejo de una gran parte del electorado estadounidense.

Ahora existe una probabilidad real de que el hombre que ha amenazado con deportar 11 millones de indocumentados, limitar la libertad de prensa, aplicar torturas y matar a las familias enteras de los terroristas, así como desatar guerras comerciales y abandonar las Naciones Unidas, sea el próximo presidente de la primera potencia económica y militar del mundo. Preocupante.

El problema es que Trump refleja una parte del pensamiento autosuficiente y soberbio en la sociedad norteamericana y también ese espíritu de superficialidad que caracteriza a gran parte de los estadounidenses, que consumen política como cualquier otro producto a la venta.

El gobierno mexicano ya analiza una estrategia en caso que Trump gane en noviembre. Sería bueno que El Salvador hiciera lo mismo.