Escuchar al oficialismo con el discurso incendiario y confrontativo contra la oposición, la empresa privada y los medios de comunicación, da pena ajena. Pareciera que siguen enclavados en la década de los 80 y no terminan de entender que vivimos en democracia, donde la voluntad popular se respeta, donde las ideas de los demás se toleran y donde no se puede mejorar la economía sin el concurso de la inversión empresarial.

Hablar del fantasma de un golpe de Estado que solo existe en la paranoia política de estos dirigentes es un comentario retrógrado y absurdo. Comparar la CICIG guatemalteca con un golpe de Estado nos habla de la confusa dimensión que tienen sobre el combate a la corrupción y el doble discurso en cuanto a la transparencia.

Este tipo de discursos provoca que los llamados al diálogo y al entendimiendo caigan en saco roto y azuzen las posiciones escépticas e incrédulas de sus adversarios. Son discursos que generan ambigüedades que profundizan la división y la polarización política.

Por lo pronto, después de ese discurso incendiario ya los medios de comunicación sufrieron agresiones ante la vista y paciencia de agentes policiales que tienen “órdenes” de no intervenir ante el vandalismo de los manifestantes oficialistas. Ese es el primer resultado evidente.