Los migrantes son la manzana de la discordia en la actual carrera electoral estadounidense. Deportar o no deportar es el dilema de los precandidatos republicanos y demócratas, como si se tratara de una medida cualquiera que afecta a unas 11 millones de personas.

Está claro que Donald Trump, Ted Cruz o Marco Rubio, del lado republicano, están a favor de la deportación masiva de indocumentados. Trump ha tenido una retórica incendiaria acusando a los migrantes de violadores y asesinos, ofreciendo un muro en la frontera con México.

Mientras tanto, los aspirantes a la nominación

demócrata, Bernie Sanders e Hillary Clinton, anunciaron esta semana su compromiso de no deportar niños ni inmigrantes indocumentados que no hayan cometido delitos y marcaron distancias con respecto a la política en este campo del presidente Barack Obama, que ha sido un deportador masivo pero discreto en su retórica.

Por supuesto que ese debate nos importa en El Salvador. Miles de salvadoreños están en esa situación, incluyendo niños y adolescentes que han huído ante la ola de violencia que sufre el país. A Estados Unidos le ha hecho falta la compasión y la solidaridad con las víctimas de la persecución y la violencia, como antes lo hacían y esta carrera electoral parece olvidarse de lo que eso ha significado en su historia.