Si las votaciones de este domingo en Perú confirman lo que las encuestas han coincidido en las últimas semanas, Keiko Fujimori podría convertirse mañana en la primera presidenta del país sudamericano.

El otro candidato, Pedro Pablo Kuczynski, un veterano economista, parece atascado en su falta de carisma, pese a que ha aglutinado en torno suyo a todo el antifujimorismo y hasta la izquierda prochavista.

Fujimori promete mejorar la seguridad pública, deteriorada en los últimos años, ordenar el país y mejorar la economía. Muchos ven en la candidata el resurgimiento de los elementos positivos del gobierno de su padre, Alberto Fujimori, que recuperó la economía de una hiperinflación galopante y acabó con el terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA. Pero otros ven también la pesada herencia de corrupción de su padre, condenado a 25 años de cárcel y de ahí la fuerte oposición hacia ella, especialmente en la capital.

Lo cierto es que Perú vive desde hace décadas una estabilidad económica y social, que aunque ha sufrido un leve deterioro, ha trascendido a las banderas políticas que han gobernado el país. No se esperan grandes cambios con cualquiera de los aspirantes, pero Fujimori tiene el dilema de sacar lo mejor de su herencia y descartar el fardo que le dejó su padre.