Utilizando las figuras de nuestro arraigado cristianismo, los salvadoreños estamos sufriendo nuestro propio Calvario, nuestro propio Vía Crucis, una etapa de dolor, luto, tortura, llanto, crueldad, violencia. Somos el cordero que va al matadero, justo como el sacrificio de Jesucristo que recién hemos conmemorado.
Pero como el profeta, hijo de Dios, los salvadoreños tenemos la esperanza de una resurrección no solo espiritual, sino una resurrección de nuestra nación, sumida hoy en este caos que provoca la vorágine de violencia que vivimos.
El Salvador necesita resucitar y recuperar la esperanza, recuperar su fortaleza y su visión. Encontrar un sendero constante y coherente de paz, prosperidad, progreso y desarrollo. No puede ser que la única esperanza que haya sea huir del país. Necesitamos crear las condiciones para que los salvadoreños encontremos nuestros sueños en nuestro terruño.
La resurrección del Señor trae la salvación espiritual, nosotros necesitamos salvar al país de la tragedia diaria que sufrimos y convertir a nuestra nación en un hogar armónico y feliz.