L a guerra entre Israel y los terroristas palestinos del movimiento Hamás llegó a su tercer mes sin visos de terminar y con el conteo de víctimas creciendo a diario, con las terribles consecuencias que esto trae.

Todo comenzó con el ataque del 7 de octubre, que dejó unos 1,200 muertos en territorio israelí, la inmensa mayoría civiles, incluyendo algunos jóvenes latinoamericanos que disfrutaban de un concierto de música electrónica. El terrorismo de Hamás, financiado por Irán, demostró su peor cara, su crueldad, su saña.

Además, Hamás secuestró a unos 250 israelíes y extranjeros, incluyendo ancianos, niños y mujeres. Al menos 132 rehenes de los 250 secuestrados por Hamás, permanecen cautivos en el territorio palestino.

Luego vino el contraataque israelí sobre la Franja de Gaza. Israel juró destruir a Hamás y para ello ha desatado una ofensiva imparable, implacable que no solo ha golpeado la columna vertebral de los terroristas sino que lamentablemente ha golpeado a la población civil palestina, que lamentablemente termina siendo usada por escudos humanos por Hamás y afectada por los ataques israelíes.

Este es un conflicto histórico demasiado complejo para resolver o tomar partido. Ambas partes se han hecho demasiado daño y solo una intervención decidida de la comunidad internacional puede detener la carnicería. Pero lo que está claro es que Hamás debe desaparecer para que pueda haber una solución pacífica y a la posibilidad real de dos estados que coexistan pacíficamente.