Hay dos cosas claras de los comicios presidenciales y legislativos del 3 de febrero, según la Misión de Observadores Electorales (MOE) de la Organización de los Estados Americanos (OEA): Primero, no hay duda sobre los resultados entregados por el Tribunal Supremo Electoral (TSE). Segundo, el tribunal tuvo serias fallas organizativas, de comunicación, fallas informáticas y de autoridad en la etapa postelectoral.

“El proceso post electoral fue deficiente, lento y desorganizado. Sin embargo, la Misión no tiene dudas sobre los resultados entregados por la autoridad electoral”, dice el Segundo Informe Preliminar de la MOE-OEA.

Y sobre esa etapa del proceso advierte que “estuvo marcada por la falta de control por parte de la autoridad electoral sobre los procedimientos”, sin embargo, la MOE-OEA subraya que “a pesar de lo anterior, la Misión no observó hechos que indicaran que se alteró la voluntad de la ciudadanía expresada en las urnas”.

En otras palabras, para la MOE-OEA no hay indicios de fraude pero sí de un desastre organizativo del TSE. ¿Qué queda para el TSE? Primero, admitir públicamente sus errores y no buscar culpables fuera del tribunal. Segundo, corregir esos errores porque su falta de capacidad en la organización de los comicios han traído tensiones innecesarias al proceso electoral. Los magistrados deben tener claro que esas deficiencias señaladas son su responsabilidad absoluta y la sociedad entera tiene la misma percepción que la misión de la OEA. Esperemos que el 3 de marzo no se repita ese desastre organizativo.