Hace 23 años, precisamente un sábado, como este 13 de enero, El Salvador sufrió su último gran terremoto de 7.7 grados Richter. La residencial Las Colinas de Santa Tecla se convirtió en el símbolo de aquella tragedia donde perecieron cientos de personas y se destruyó gran parte de aquel vecindario debido al derrumbe de aquella montaña. Durante día vimos imágenes imborrables de una tragedia que enterró a centenares de personas por un inesperado alud.

Aún hoy percibimos el impacto de aquel terremoto. El derrumbe de Los Chorros ocurrido en 2001 aún sigue afectándonos de alguna manera, el sur de Santa Tecla no volvió a ser el mismo e incluso el tema de la corrupción de aquellos años aún resuena.

Lo cierto es que un terremoto es posible en cualquier momento y todas sus consecuencias como hemos visto en el pasado y en países vecinos. Ha pasado toda una nueva generación de salvadoreños y para algunos, la vulnerabilidad de nuestra tierra ha caído en el olvido, lo que sería un fatídico error.

El Salvador tiene una dramática historia de tragedias provocadas por catástrofes naturales. Nuestro país, junto a casi todos nuestros vecinos, es uno de los más vulnerables del mundo.

Mucho se ha avanzado en prevención desde aquella tragedia, se ha invertido en conocimiento científico y en equipos de Protección Civil, la población parece más educada ante catástrofes naturales que seguramente seguirán llegando, por eso la tragedia de Las Colinas debe ser un permanente recordatorio de que una tragedia puede suceder en cualquier momento y que debemos aprender a prevenir esas desgracias y cómo recuperarnos de ellas.