La invasión rusa en Ucrania ha abierto los temores de una nueva conflagración mundial. Rusia ha salido a alardear de su arsenal nuclear y las nuevas generaciones han visto renacer el temor que aquellos que crecieron en los años 60, 70 u 80 experimentaron.
La guerra en Ucrania ya va cerca de su tercer año y no se ven visos de acabar ni por las buenas ni por las malas. Lo triste es que la rutina del conflicto ya lo ha alejado de las noticias diarias a pesar de que cada día mueren civiles o son atacados edificios de apartamentos con personas inocentes dentro.
El ataque terrorista del grupo extremista Hamás contra civiles israelíes y el posterior contraataque de Israel han visto renacer el viejo conflicto de Oriente Medio con sus consecuencias para todo el mundo. Y ahí también prevalece el temor de que otros actores como Irán intervengan en el conflicto y nos compliquen más a todos.
Y luego está el temor permanente de una invasión de China a Taiwán y terminar de complicar la situación mundial.
Las consecuencias de las dos primeras guerras son por un lado el aumento de los precios de los cereales, y el riesgo -si Irán interviene- de disparar los precios del petróleo a niveles nunca vistos. Y si los chinos cometen una barbarie en Taiwán, entonces veremos el mundo tal como lo conocemos hoy, paralizado porque los taiwaneses son los mayores fabricantes de semiconductores del mundo. Una situación compleja para todos. La guerra, ni de palabras es buena para nadie.