Angela Morley (1924-2009), nacida en 1924 en Leeds (Reino Unido) como Walter o Wally Stott, fue una compositora, directora y arreglista musical que marcó un hito en la historia del cine. Fue luego de su transición en 1972 que se convirtió en la primera persona transgénero en ser nominada al Óscar, dos años después, en un histórico reconocimiento a su destreza artística.

En la ceremonia de la Academia, en 1975, la maestra británica marcó el primer paso en la representación trans, en la categoría de la Mejor Banda Sonora Original por su música de ensueño para la primera película sobre “El principito” (1974), una adaptación de la novela de 1943 de Antoine de Saint-Exupéry.

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Como recordaremos, el escritor y aviador francés plasmó en este cuento una serie de reflexiones desde la inocencia de un pequeño aviador en su mundo, inspirado con paisajes que aluden a tierras salvadoreñas, como el volcán de Izalco o la rosa que representaba a su gran amor: la salvadoreña Consuelo Suncín, originaria de Armenia, Sonsonate.



Dirigida por Stanley Donen, la película de 1974 no fue la única que le valió una nominación al Óscar a Morley, ya que obtuvo una nueva postulación en 1977 por “The Slipper and the Rose” (1976), una adaptación del cuento “La cenicienta”. No ganó el Óscar, pero llegó a alzar tres premios Emmy.

Además, su legado abarcó desde la composición de bandas sonoras para filmes como “The Looking Glass War” (1969) o “When Eight Bells Toll” (1971), hasta colaboraciones con figuras icónicas como el maestro John Williams en cintas como “Star Wars”, episodios IV y V (1977 y 1980) o con Steven Spielberg en “E.T.: "El Extraterrestre” (1982).



Y aunque, Morley dejó su marca en producciones emblemáticas, su trabajo como arreglista y orquestadora muchas veces pasó en las sombras. Aún así, su talento y visión musical fueron fundamentales en la creación de otras bandas sonoras memorables, como “Home Alone” (Mi pobre angelito 1990), “Home Alone 2” (Perdido en Nueva York, 1992) o “La lista de Schindler” (1993).

La contribución de Morley fue celebrada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en una época en la que el reconocimiento de las personas trans era prácticamente nulo. Su legado perdura como un pilar que abrió puertas a un futuro más inclusivo, además de ser un ejemplo de perseverancia que inspira a nuevas generaciones de artistas LGBTI.