El Salvador desde hace décadas es un país donde las mujeres debemos tener valor, sí valor para salir a las calles a trabajar, para ir al estadio, para conocer a alguien nuevo, para salir por un trago con las amigas, tomar el transporte colectivo o acceder a servicios privados de transporte, incluso para ir a poner una denuncia a las instituciones que están para velar por nuestros derechos; aquí se vive con miedo y no se vive se sobrevive.

Opinión

Triste realidad En El Salvador ser mujer y pobre es una condena mayor, no hay manera de que tu caso sea escuchado o atendido.

Bessy Ríos / Abogada y activista digital @Bessy_Rios

jueves 25, noviembre 2021 • 12:00 am

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El Salvador desde hace décadas es un país donde las mujeres debemos tener valor, sí valor para salir a las calles a trabajar, para ir al estadio, para conocer a alguien nuevo, para salir por un trago con las amigas, tomar el transporte colectivo o acceder a servicios privados de transporte, incluso para ir a poner una denuncia a las instituciones que están para velar por nuestros derechos; aquí se vive con miedo y no se vive se sobrevive.

Llama la atención que a pesar que se tengan los datos como el del El Fondo de Población de las Naciones Unidas el cual revela que en el año 2020, se inscribieron 12,982 niñas y adolescentes en control prenatal en los establecimientos del Ministerio de Salud, de las cuales, 503 tenían menos de 14 años de edad, aún se sigue culpabilizando a las víctimas que han sido ellas las que se ponen en condición de vulnerabilidad o son en otros casos las ofrecidas, lo cierto es que para una sociedad que según la revista DISRUPTIVA de la Universidad Francisco Gavidia en su última encuesta presenta hace pocos días, que el libro que más leen los salvadoreños es la biblia, claro leer un libro tan complejo no da garantías de comprensión del mismo, puesto que cuando los pastores o sacerdotes así quieren ciertos pasajes son alegorías y otros deben atenderse de forma literal, pero lo cierto es que somos una sociedad por demás hipócrita y muy alejada del concepto de buenos cristianos.

¿No me creen? Bueno, entre a cualquier red social donde se publiquen notas por ejemplo de agresiones sexuales y peor aún cuando organizaciones como las del Colectivo Amorales, quienes en sus páginas hacen la gran labor de denunciar a los acosadores sexuales no importando quién es o su cargo, los ataques hacia ellas se vuelven virulentos y ellas responden con contundencia.

En este país donde surgen lemas románticos de “los buenos somos más” desaparecen cuatro personas diarias -según datos oficiales-, la mayoría de ellas son mujeres, y las redes estallan diciendo que seguramente andaban en malos pasos o tenían malas compañías, un territorio pequeño pero profundamente inseguro, machista, misógino y cobarde, aquí las mujeres seguimos sobreviviendo, porque la opción jamás es rendirse o guardar silencio, a pesar que desde el Estado ciertos funcionarios hagan declaraciones crueles como culpabilizar a la víctimas o peor aún no cumplen su misión de atender todos los casos con la misma diligencia que en algunas ocasiones logran hacer con aquellos que se vuelven mediáticos.

En El Salvador ser mujer y pobre es una condena mayor, no hay manera de que tu caso sea escuchado o atendido.

Pero también son vulneradas las mujeres que deciden ingresar a la política sea como analistas o candidatas o funcionarias, diputadas, alcaldesas, todas están expuestas a los ataques misóginos y arteros, y aún así muchas siguen luchando contra la corriente, donde sus posiciones no las desmontan con argumentos sino que las descalifican con ataques vulgares orquestados desde los grandes dirigentes de los escuadrones digitales que se autodenominan la voz de los demás, claro sin que nadie les haya dado ese lugar.


Las periodistas han sido estos últimos años las que más ataques reciben, hacer de manera correcta su labor las coloca en el ojo del huracán y poco o nada hace la institucionalidad para cuidarlas.

Vivir aquí es una hazaña y es una estupidez sentirse orgulloso de ello, debemos soñar en residir en un país donde no tengamos que ser valientes, ni fuertes, ni bravas para poder ejercer tu labor sea cual fuere o para simplemente moverte una tarde noche a reunirte con tus amigas.

La responsabilidad siempre recae sobre el Estado pues, si mis amigas y yo no estamos seguras no es nuestra culpa, esto es resultado del fracaso de las políticas públicas de seguridad, reconocer eso es el primer paso para cambiar esta realidad.

Termino estas líneas enviando un abrazo a nuestras mujeres organizadas de las diferentes ONGs históricas, su labor ha sembrado semillas de rebeldía en varias generaciones de mujeres y tenemos claro que cuando atacan a una, debemos responder todas, porque la revolución será feminista o no será.